domingo, 9 de febrero de 2020

LA SEÑORA SILVIA, EASTBOURNE Y LEWIS CARROLL


Entré a la librería de Camilla buscando una edición bonita y antigua de Alicia en el País de las Maravillas para mi colección. El verano inglés en Eastbourne era frío, los amaneceres rojos. Quizás sea la librería más caótica donde he entrado nunca. Tienen un loro, Archie, que recibe visitas los martes y los viernes y canta canciones a la clientela. En el fondo sabía que no compraría ningún libro porque nunca compro nada en las ciudades donde me he sentido triste. Pero una librería siempre es un refugio. Y yo necesitaba un refugio.


Eastbourne. East Sussex. England.


Lewis Carroll pasó sus vacaciones de verano en Eastbourne durante 19 años, entre 1877 y 1896. Se alojaba en el número 7 de Lushigton Road que actualmente es una clínica dental cerca de la estación del tren y de la librería de Camilla donde buscaba el libro que sabía que nunca me compraría. Una tarde me senté en las escaleras de la casa de Carroll intentando deshacer los nudos de mi garganta antes de bajar a la playa. Volvía de visitar Rye, el pueblo de las sirenas y los gigantes. Seguramente tenía ganas de irme a cualquier otro sitio donde las casas de mis escritores favoritos no se hubieran convertido en clínicas dentales, donde la playa fuera un lugar bonito y los atardeceres tuvieran sentido. 

Se me acercó una señora mayor. Me dijo que se llamaba Silvia, que vivía en el número 13 desde 1947 y que me recordaba de otros veranos. Quise explicarle que era la primera vez que visitaba Eastbourne pero solo sonreí recordando otro libro de Lewis Carroll, Silvia y Bruno. Cerré los ojos deseando que aquella fuera la Silvia del cuento, que fuera la niña-hada que conseguía que lo absurdo tuviera un sentido.


Compartí recuerdos inventados con la señora Silvia, me preguntó por la vida en Londres y le hablé de ti hasta que se me acabaron los recuerdos inventados, como que éramos felices y que planeábamos volver pronto. Cosas así. Me escuchaba hablar de ti con los ojos llenos de luz, como si fuera un ángel anciano y extraño que necesitara conocer tu historia para cambiar el final. Me explicó que habían cerrado la heladería favorita de su marido y le dije que la recordaba y que mi sabor favorito siempre fue el de vainilla. Los recuerdos inventados siempre tienen gusto de helado de vainilla.

Eastbourne. East Sussex. England.



El sabor de la vainilla llevó a la señora Silvia a una tarde de agosto. Ninguno de los dos habíamos nacido todavía pero ella recordaba en su laberinto de ensoñaciones que nos había preparado una cesta con sandwiches de queso y mermelada de arándanos porque sabía que eran mis favoritos y tú te habías quedado con hambre porque siempre te quedabas con hambre y yo siempre llevaba galletas en el bolso para darte por si acaso. 

Me preguntó si todavía guardaba la cesta y le dije que sí, que por supuesto, que volveríamos los dos, otro día, y la invitaríamos a helado de vainilla y que le devolvería la cesta y le explicaríamos historias de Londres.

Que volveríamos otro día y todavía sería verano y que a lo mejor entonces yo era feliz porque me acompañabas y compraba un libro de Alicia en el País de las Maravillas para que no se me olvidara nunca.

domingo, 26 de enero de 2020

ESCAPAR DEL FRÍO


Muy pronto la vida se convirtió en escapar del frío. El frío eran los silencios en el comedor de casa, los secretos, el deseo permanente de escapar, esconderse en el armario para sobrevivir al miedo. La vida siempre fue escapar incluso cuando ya no recordaba quién me perseguía. Permanecer siempre alerta, no quedarse demasiado tiempo en ningún sitio, en ninguna persona, en ningún corazón. No querer demasiado a nadie para evitar ser abandonada. Huir antes de que huyan los demás.

Eso lo aprendí muy pronto cuando los recuerdos infantiles todavía se mezclan con sueños de ángeles y demonios, cuando todavía no se separan las pesadillas de la realidad. Aprendí lo que significaba ser abandonada entre biberones y peluches y decidí escapar. Ser siempre yo quien se fuera. Mi pacto con el destino.

Entonces siempre tenía frío. Esa sería la señal para salir corriendo. Escapar del frío como quien escapa del hombre que te pide que guardes los secretos. Escapar del frío y de la sangre manchando mis piernas. Todos los recuerdos sepultados en la nieve. Odio la nieve y no saber en qué momento tendré que salir corriendo.

Ahora pensaba que me quedaría contigo, que ya no hacía falta escapar, que habías conseguido acabar con una maldición que ni siquiera sabías que existía. Pero me dejaste pasar frío. Tiritó mi cuerpo. Tiritó mi alma. Quizás esto sea lo peor.

Leía La reina de las nieves de Andersen debajo de las mantas, intentando ser invisible, que se olvidaran de mí por un momento, que me dejaran atravesar aquellas páginas y ser amiga de Gerda. Qué valiente era Gerda… Cuando la Reina de las Nieves congela el corazón de su amigo Kay y él se vuelve cruel y agresivo, ella sigue queriéndolo y decide ir a rescatarlo a pesar de la nieve, a pesar del frío, a pesar de que Kay ha sido besado por la Reina y por lo tanto ya no se acuerda de ella. Gerda recorre el mundo luchando contra todos para rescatar a Kay. La Reina solo lo liberará si es capaz de escribir Eternidad con trocitos de hielo. 

Gerda atravesando el mundo, luchando contra brujas, bandoleros, animales salvajes. Luchando contra el frío. Gerda encontrando a Kay. Kay olvidando a Gerda. Las lágrimas de Gerda descongelando a Kay, a punto de morir. Eternidad. Volver a casa. Huir del frío. Salvados los dos, por fin. Solo en los cuentos de hadas.

¿Por qué me dejaste pasar tanto frío?




domingo, 15 de diciembre de 2019

EL AMOR NUNCA FUE SUFICIENTE

A veces el amor no es suficiente y suenan los canciones que anuncian la llegada de un invierno que prometí esquivar.  Repaso todos los planes absurdos que tejíamos cuando no éramos conscientes de que el tiempo nos devoraba. A veces odio las canciones, los inviernos, el tiempo, la hoguera donde intento descongelar la tristeza que me regalas cada vez que sonríes y ya no recuerdas cuando estabas seguro de que el amor sería suficiente.

Nunca lo es porque el tiempo lo devora todo. A veces el amor no es suficiente aunque llegues con las manos llenas y me quieras convencer de que nosotros no vivimos en el tiempo sino en la eternidad. Aunque llegues y me quieras y yo me lo crea. Aunque tú siempre seas y yo desaparezca. Aunque tú no seas y yo me pierda.

Ojalá me encontrases siempre, cada vez que me pierdo y tu nombre resuena en mi cabeza como la brújula que intento entender, como el mantra que me calma cuando por fin recupero el camino y te veo lejos y te ríes como te ríes siempre cuando se abren las puertas del infierno y te vuelves invencible aunque el amor ya no sea suficiente y me olvides.

Estoy cansada de recordar espaldas que se alejan sin despedirse, sin recordar, sin remedio. El amor debería ser suficiente para encontrar la salida de este laberinto, para detener los eclipses que te alejan de mí. El miedo es un eclipse que oscurece tu memoria. Y el amor, que nunca será suficiente, que nunca será lo que fue, debería ser el inicio de todos los universos en los que jamás nos encontraremos.

Miles de universos muertos porque el amor nunca fue suficiente.

lunes, 9 de diciembre de 2019

A VECES LOS AVIONES SON MENTALES

A veces los aviones son mentales. 

No sé si alguna vez podré explicarte que desde que te conozco huyo de ti cada vez que subo a un avión. Huyo de ti y de la certeza de saber que te querré siempre. Siempre, nunca, a veces. Todos los pliegues del tiempo encerrándome en la cárcel de tu presencia fugaz. 

A veces estrello aviones en mi mente. O aterrizo en las mismas ciudades de siempre con la intención de borrar tus huellas, quemar todo lo bonito, todas las distancias, todos los recuerdos prisioneros en el ámbar líquido de una promesa jamás cumplida. 

Desearía no haberte conocido nunca. Lo deseo mientras te sonrío, mientras pienso que soy feliz y estoy triste. Lo confieso cuando bebo demasiado y se estrellan definivamente todos los aviones a los que subo para alejarme de ti, cuando alguien me acompaña a casa y me pregunta por ti y le obligo a callar y solo deseo que no existas, en ninguno de los posibles universos donde me escondo.

Lo confieso cuando te conviertes en todas las preguntas que alguna vez reclamaron su respuesta. 

Cuando todos sabemos que hay preguntas que nunca deben ser respondidas, que hay lugares a los que nunca hay que regresar. 

Cuando mueren las palabras que no se dicen nunca, las que se convierten en excusas, en medias verdades, en silencios necesarios. 

Cuando destruyo todos los futuros donde existes y niego todos los pasados en los que me mentiste tantas veces.

Háblame de vértigos la próxima vez que recuerdes lo feliz que fui cuando estaba triste y estabas cerca. Porque nunca sabrás que huyo de ti cada vez que subo a un avión.

A veces los aviones son mentales y se estrellan contra corazones asfixiados. Como si por una vez se pudieran cumplir los deseos que pediste cuando todavía tenías fe.

lunes, 2 de diciembre de 2019

MILA, ARNAU, ABISMO

Solitud (1905) novela escrita por Caterina Albert. En el capítulo 10 Arnau le declara su amor a Mila y ella, mujer casada y mayor que él, le rechaza aunque también le ama.


Querido Arnau,

te mentí. De nada sirve intentar explicar si fue por miedo, por prudencia o por cobardía. Solo sé que te mentí, que todos mis silencios fueron las mentiras con las que intentaba protegerte y escapar de ti, que cada vez que sonreía y te dejaba hablar te mentía. 

¿Fuiste consciente alguna vez de la oscuridad en la que vivía? ¿Sabías el efecto que causaban tus palabras en mí y jugaste con ello?  Guardo el recuerdo de todas las veces que me pedíste que huyeramos. Mi muralla siempre fue la risa. Reía cada vez que me explicabas todos los sueños que querías vivir lejos de la ermita. Cada vez que intentabas rescatarme de todos los dolores que ni siquiera eras capaz de intuir. A veces me mirabas en silencio y temía que pudieras llegar a leer todos los secretos que intentaba ocultarte. Reía siempre para disimular todas las tristezas de mi vida sensata. 

Sería fácil llamarme cobarde por no haber sido capaz de dejar a Matias y escapar contigo a cualquier ciudad inventada por tu imaginación infantil. ¿Qué hubiéramos hecho, Arnau? ¿En qué lugar te habrías cansado de mí, de mis años, de mis temores? ¿En qué momento me habrías cambiado por otra con menos historia a sus espaldas?

No me llames cobarde cuando todo lo que hice fue protegerte de una vida a mi lado para que pudieras derribar todas las murallas sin tener que esperarme. Te amé tanto como para hacerte creer que no te quería, para que fueras libre, para que dejaras de regalarme rosas por Sant Ponç, para que dejaras de preocuparte cuando me veías triste al lado de Matías. Siempre sonreía cuando te acercabas. A veces no te creías que estuviera contenta. Te mentí tantas veces cuando todo lo que quería era gritar la verdad y que se hundiera la ermita, Sant Ponç, el pueblo entero, la montaña... 

Que la montaña sepulte toda la tristeza que me deja tu ausencia.

Las rosas de Sant Ponç, tus rosas... He subido al Cimalt buscando el consuelo del abismo y las he dejado allí, muertas. Porque tú eras mi abismo, Arnau. Siempre lo fuiste. Nunca dejarás de serlo. Por un momento creí que podría luchar contra todo, romper las normas, cogerte de la mano y salir corriendo hasta que se nos salieran por la boca todos los pasados absurdos que nos niegan los futuros. 

Te confieso que cuando volvía a casa, feliz, con el corazón caliente después de estar contigo, estaba segura de que podríamos escapar juntos, escupir a la cara de todos los que hablaban de nosotros, romperlo todo, por fin. ¿En qué momento te miré y me pareció que no serías capaz? Tu juventud se disfrazaba de toda la insensatez que yo necesiba más que respirar. Te vi dudar y entonces dudé.

Ojalá pudieras entender el poder asesino de una duda en mi alma cansada. Era fácil hablar, cogerme de la mano, inventar planes locos, compartir sueños. Lo difícil siempre fue no hacer caso de la sombra de la duda. ¿Serías capaz de poner en práctica todo lo que me proponías? Te vi dudar cuando ni siquiera tú eras consciente de tus dudas. Creías que siempre estarías a mi lado. Lo creías de verdad. Tú también me mentiste. No te diré que estamos en paz porque viviré siempre en guerra con la tristeza de no tenerte cerca.

Te querré siempre, libertad, montaña, flor, refugio, sueño, alegría, vida. Te querré siempre, Arnau, desde el fondo de todos los abismos, desde el deseo eterno de besarte, desde la necesidad enloquecida de salvarte de una vida junto a mí. 

Mi soledad fue el sacrificio que ofrecí a los dioses para que tú fueras feliz, lejos de aquí, aventurero inquieto en busca de rosas para regalarme. Maldito Sant Ponç y malditas sus rosas. Me quedaré peleando con los dioses que protegen estas montañas hasta que yo misma me convierta en montaña. Siempre, Arnau, siempre. Siempre contigo aunque ya nunca esté. 

Mila.



domingo, 24 de noviembre de 2019

IMAGINO EXPLOSIONES

Secretamente temo los eclipses, las lunas vacías donde desapareciste, la marea helada disolviendo la sal con la que cubrías mis heridas sin saberlo. Jamás he pasado tanto frío. Todas las noches que pasé intentando detener las espirales cósmicas por las que desaparecías, los bordes imposibles del universo. Te alejabas y volvías, volvías y te alejabas como un espejismo de estrellas fugaces que me escupían los deseos a la cara. 

Jamás te perdonaré el frío, que me recuerdes el frío, que me obligaras al frío. Jamás te perdonaré los olvidos, el corazón latiendo cada vez más despacio, frío, las manos dormidas buscándote a oscuras en el espacio infinito que deja tu ausencia. 

Imagino explosiones en las que te olvido, en las que no duele hacer como que no te veo, como que no te encuentro, como que no estás, como si nada doliera al final del camino donde siempre espero encontrarte aunque no estés del todo. Aunque te alejes a lomos de sueños desdibujados en la niebla del futuro que imaginas sin mí.

Imagino explosiones en las que busco la muerte porque la vida me esquiva, bombas estelares creando constelaciones, reventar por fin en partículas infinitas de errores e insomnios. Que mi sangre riegue cualquier otro futuro donde necesites esconderte.

Nunca podré explicarte qué significan todas las estrellas que he visto morir mientras te esperaba.

Nunca entenderás las costuras mal cosidas de esta tristeza de que seas agua. La lágrima que me ahoga como si fuera tu nombre a punto de ser pronunciado.

Secretamente maldigo todos los eclipses porque no estás aunque siempre estés.



lunes, 11 de noviembre de 2019

EL AMOR INEXPLICABLE DE LOS VALIENTES


Eres mi Damasco, mi miedo disfrazado de excusa, la ciudad que dibujaba en las paredes de mi habitación mucho antes de que aparecieras y te convirtieras en el desorden loco en el que pierdo la decencia.

Eres mi Damasco, mi ciudad en guerra, el lugar imposible donde no debo entrar, donde todos me dicen que no puedo entrar, la frontera cerrada, las ganas de romper todas las puertas a patadas, eres mi Damasco, en la distancia prudente, en el silencio maldito, en el tren imposible que unía Damasco y Beirut, buscando una salida al mar. Siempre el mar recordándome el peligro, la ciudad bombardeada, tú, mi paz y mi guerra. Todos mis silencios.

Me gustaría llevarte de viaje en un tren imposible, que todo lo que hiciéramos fuera imposible, cambiarle el nombre a todas las ciudades en todos los mapas mal dibujados para que nadie nos encontrara. Que todo fuera nuevo y extraño. Que fueras siempre Damasco iluminado antes de la guerra que me declaro a mi misma.

He ganado todas las batallas desde mucho antes de que fueras ni siquiera un eco improbable invadiendo mi vida ordenada. Fui valiente hasta que te convertiste en todas las ciudades que alguna vez he amado, que hubiera querido enseñarte, que no conocerás jamás como yo las conocí.

De repente tu nombre desordena mis mapas. De repente se pierden las certezas tras mis muros. Se pierden las palabras fugitivas que nunca podré decirte. Como una bomba escondida en las puertas de la ciudad donde no debo entrar. Donde todos me dicen que no debo entrar. Mantener la puerta cerrada para que no salte todo por los aires. Inocencia de siglos. ¿Cuándo te convertiste en lo que eres?

Te alejas convertido en ciudad bombardeada.

¿Dónde se perdió el amor inexplicable de los valientes?


domingo, 6 de octubre de 2019

CARTAS DESDE EL SUR DE INGLATERRA (2)


Querido N,

continúo en Inglaterra disfrazada de algún tipo de alucinación temporal. A veces creo reconocerme al girar alguna esquina y me escondo con el corazón a punto de estallar por si acaso colapsa el mundo en medio de un encuentro imposible conmigo misma. Me persigo en silencio. Todas las cosas que me callo cuando estas cerca, como proyectiles desgastados, inservibles, como la piedra con la que le abrí la cabeza a aquel hombre que me esperaba en la puerta de mi casa cuando era pequeña y me decía que me quedara callada. Hay terrores que nos mantienen alerta siempre, que nos mantienen huyendo siempre. Hay terrores con los que aprendemos a defendernos. No bajar nunca la guardia. No quedarse demasiado tiempo en el mismo sitio para que no me encuentren aunque nadie me esté buscando. Ojalá nunca me recuerdes a nadie que me obligue a guardar silencio.

Tener miedo de pedirte que vengas conmigo, a donde sea, lejos, siempre, por si acaso tú también me dices que no.

Continuo en Inglaterra buscando canciones que no me recuerden a ti. Es inútil. Inútil como pretender no encontrarme conmigo misma en las esquinas húmedas de Hastings. You’re my Waterloo, cantan The Libertines. Somos supervivientes de más de una vida. Time for heroes. El chico más elegante en medio de los disturbios.

Espero a los normandos desde hace vidas, en las costas de Hasting, en medio de castillos en ruinas. Espero la derrota de mil batallas con finales escritos. Escupir a la cara de cualquiera que me obligue a guardar silencio. Dejar de esquivarme a mi misma por las calles de pueblos ingleses. Apretar el botón, saltar por los aires, despertar por fin, caminar hacia el lugar seguro donde decidiremos empezar la aventura más extraordinaria jamás contada. Dime que te vienes. Dime que nos vamos.

Me detuve en una pequeña joyería, sucia y polvorienta. Alexander me invitó a te y galletas mientras me enseñaba collares y piedras preciosas. Yo le sonreí y le expliqué que no tenía dinero para comprar ninguna de aquellas joyas. Hablamos de la reina Victoria, de trenes antiguos, del frío de las playas inglesas. Le dije que me recordaba a otro joyero que conocí en Damasco antes de la guerra y que siempre me decía que la vida nos esquivaba y por eso buscábamos la muerte. Alexander me sonrío y me sirvió más té. El té es el hilo que me muestra la salida de todos los laberintos entre Inglaterra y Damasco. Todos las veces que alguien me sirvió té, en un pueblo inglés o en un pueblo libanés, todas las veces me estaban ayudando a esquivar las balas y yo no lo sabía.

Joyería en Hastings, East Sussex.


Alexander me regaló un colgante antiguo con una piedra pequeña y azul y me metió galletas en el bolso para el viaje de vuelta. Por la noche regresé a Eastbourne y lancé el colgante al mar desde el Pier. Hacía frío. Me comí las galletas camino de mi hotel.

En los miedos más profundos y antiguos siempre hace frío. Sigo dando vueltas por calles inglesas esquivando canciones que me recuerdan a ti.


miércoles, 11 de septiembre de 2019

CARTAS DESDE EL SUR DE INGLATERRA (1)



Querido N, 


¿Cuándo te has convertido en todas las canciones que no puedo volver a escuchar? 

Me ha despertado el frío de un verano inglés con sabor a sangre en la boca. Los sueños repetidos en los que siempre me dejas morir sin mirar atrás. Te acercas, me buscas las heridas y las llenas de arena y piedras antes de huir a lomos de un caballo triste. Cuando me despierto imagino que sobrevivo y que te espero al otro lado de las montañas para abrazar a tu caballo y fingir que no te quiero.

Lo niegas todo. Siempre lo niegas todo. Malabarista de la desmemoria, te alejas rompiéndolo todo, convertido en la canción que jamás podré volver a escuchar. 

Me escondo entre las tumbas del cementerio de Rye. Busco leyendas de contrabandistas para explicarte algún día. Un día que no haga frío. Un día en que vuelvas a ser la hoguera en la que me refugiaba sin saberlo. Quién podría imaginar que llegarías a ser tan invierno.

Rye. South Essex,

Gaviotas absurdas deciden que debo ser sacrificada a dioses locos que juegan a perderme. Me encierran en el reloj de St Mary, el reloj más antiguo de Inglaterra. El tiempo. Siempre el tiempo y su maldición de carreras perdidas. El reloj es bonito. Tengo frío. Dónde estás. Algún día conseguiré escapar, destrozaré todo lo bonito, todos los relojes, todas tus ausencias, todos los sueños en los que alguna vez ganaba el juego.

Siempre tengo ganas de llorar cuando me acuerdo de ti y de aquella vez que me sentí Elizabeth Bennet empapada bajo la lluvia inglesa y no te lo pude explicar porque no estabas. Siempre que camino sin rumbo siento la necesidad de ver cómo me desangro una vez más. 

En las playas del sur de Inglaterra las sirenas pierden su apuesta contra el destino, los corazones se convierten en piedra, el tiempo esconde trampas en las que siempre caen las almas perdidas.

Siempre serás un dolor a medio llorar.



Corazón. Playa de Eastboune. South Essex.



martes, 30 de julio de 2019

SIEMPRE ME PIERDO (LABERINTO 2)


Los lugares laberinto nos recuerdan que siempre estamos perdidos. No importa que creamos tenerlo todo bajo control, que dibujemos señales con la sangre que perdemos en cada curva, en cada recuerdo, en cada promesa. Como si fuera un hechizo que nos permitiera encontrar la salida si finalmente nos arrepentimos del atrevimiento que fue entrar en el laberinto voluntariamente. Los lugares laberinto, incluso aquellos que no tienen paredes, ni escondites, ni trampas aparentes, los que son linea recta y a pesar de ello espiral en nuestros insomnios, llegan para recordarnos que siempre estamos perdidos.

Beirut fue siempre el laberinto que me hacía echar de menos todo lo prosaico. Respirar aire limpio, el silencio de los parques ingleses, que no se fuera la luz cada día, invitarte a comer. Que lejos estabas, todavía sin saberlo. Paseaba entre los rascacielos de Ashrafieh y los restos de la guerra mientras me enamoraba de las locuras cotidianas, los bares de moda y los veinteañeros con metralletas haciendo guardia en la puerta de casa. Todas las contradicciones que me llevaban andando desde el rascacielos de la plaza Sodeco hasta el barrio de Hamra. Cuarenta minutos, cuarenta kilómetros, cuarenta vidas persiguiendo los atardeceres de Beirut.

Me perdí tantas veces intentando memorizar las calles que quería enseñarte cuando ni siquiera eras todavía el eco de un futuro imprevisible... Siempre me pierdo pero siempre recuerdo todas las historias que se esconden en el aire irrespirable de las ciudades que amo. A veces se entremezclan y me entretengo separándolas delicadamente como cortinas de seda, las acaricio para que no se asusten y las guardo en cajas de memoria por si algún día quieres que te las explique. Todas las historias de todas las ciudades que quisiera enseñarte si algún día aprendes a leer las señales que dejo en las esquinas de este laberinto.

Recuerdo el día que lloré, perdida entre Ashrafieh y Hamra. Todas las lineas rectas se convertían en muros golpeados por los recuerdos de las bombas y la metralla y yo no era capaz de reconocer nada que no fuera mi propia ausencia y la incerteza apagada de no saber si algún día querrías que te explicara historias de fronteras frente al mar. Lloré porque era tarde y las calles hervían de gente con prisa, de taxis que hacían sonar el claxon de manera mecánica e incansable, de luces de neón sin sentido, porque era tarde y me iba a perder el atardecer en Raouche. Porque estaba infinitamente cansada y la distancia entre mi pasado y tu futuro se abría ante mí como un vértigo de mil montañas, como si todavía no hubiéramos hecho planes insensatos para perdernos y encontrarnos de nuevo.

Recuerdo a la señora que me consoló. Le dije que no iba a llegar a tiempo de ver el atardecer en Raouche, Barcelona en linea recta, tú al otro lado, cuando todavía no sabía que algún día te echaría de menos como si fueras la única posibilidad de sacarme de todos los laberintos. La señora me dijo que al día siguiente volvería a atardecer. Y al otro. Y al otro. Llamó un taxi para devolverme a casa. Me metió galletas en el bolso. Mañana volverá a atardecer desde Raouche. Mañana no te perderás. Descansa.