jueves, 13 de octubre de 2022

SIEMPRE NOS ROMPEMOS POR EL MISMO SITIO

Siempre nos rompemos por el mismo sitio.

Será el otoño invitándonos a la incertidumbre, la estupefacción de la luz que se nos escapa, el pánico ancestral al eclipse. Tristeza de cueva prehistórica, de cuando no sabíamos si volveríamos a ver el sol algún día. Superar la oscuridad tiene mucho que inventar esperanzas y algo de disimular heridas. No existe lo que no es nombrado.

Si no le ponemos nombre a la herida, si no le ponemos nombre a la tristeza.

Si no le ponemos nombre a las ganas de volar o saltar.

Si no le ponemos nombre a todas las veces que te miro descontando los segundos que quedan para desaparecer.

Si no le ponemos nombre a la lágrima que nunca te explicaré.


Siempre nos rompemos por el mismo sitio y como quien anticipa otro eclipse me convierto en agua de deshielo para desaparecer poco a poco. Dejo mi fantasma a tu lado sin saber si algún día te darás cuenta de que hace tiempo que me fui. Si me distinguirás entre la niebla de los hechizos que me invento para mantenerte lejos de la oscuridad.


Siempre buscamos el mismo disfraz para mantener el delicado equilibrio entre el silencio y el dolor. Que no se nos note. Que el juicio no se convierta en distancia. Que la alegría sea el cuento que te cuento para hacerte creer que el mundo es un armario ordenado, perfumado de lavanda. Que la alegría sea el cuento que te explico cuando te digo que todo está bien, el orden, la calma.

Si no me reconoces en la tormenta quizá sigamos un rato más ignorando el desorden de la ausencia, el tacto de la distancia. Quizás te quedes un rato más. Quizá aprendo a quedarme.

Nadie querría subirse a un barco en medio de la tormenta.

¿Cuál será el precio para sobrevivir en el eclipse?. ¿Qué romperemos esta vez? El mayor riesgo será descubrir que más allá de la oscuridad todavía podemos ponerle nombre a todo lo que nos da miedo.

O saltar como un pirata sin mapa persiguiendo el espejismo de la aventura.

Luchar contra el eclipse y ganar.

O volver a fingir que los armarios de la memoria están ordenados, que no existe el caos.

O volver a fingir que no estoy cansada de volverme invisible cada vez que no dices mi nombre.

O volver a fingir que no me importa desaparecer.

Luchar contra el eclipse y ganar algún día.

jueves, 9 de junio de 2022

VUELVE A SORRENTO

 

Decía Lawrence Durrell en La celda de Próspero que en algún lugar entre Calabria y

Grecia comienza el azul.


Mi azul, sin embargo, es un refugio de sirenas en el sur de Nápoles. Aquí, en Sorrento, comienza siempre el viaje, la perpetua adoración del azul y todos los motivos que tengo para volver: la memoria, la ruina, el éxtasis del horizonte dibujado, la profecía de un oráculo, la sibila borracha escondida en su cueva, el sol o la divinidad de Turner, los amores imposibles de todos los que alguna vez se han sentido maldecidos por el orden, los fugitivos del caos, la mirada mística de quien recuerda batallas contra divinidades olímpicas , el tiempo perdido entre limoneros y buganvilias, todo lo que no podremos reencontrar nunca más, la belleza conmovida y la brisa que da forma al silencio.



Sorrento. Verano, 2021

Me gusta moverme en la frontera que separa el mito de la realidad. Busco, entonces, algo que me mantenga ligada a la tierra de los vivos, que me permita atravesar con éxito la liquidez del paisaje mientras me desdibujo en el azul de Sorrento. Busco, sigo buscando, algo que me funcione como la rama dorada que Eneas llevaba para bajar al inframundo a hablar con su padre siguiendo las instrucciones de la Sibila de Cumas.


¿Cuántas personas antes que nosotros han añorado este paisaje?


Liparos era el hijo de Auson, que era hijo de Ulises y Calipso y fundador de la tribu de los ausones, los primitivos habitantes de Italia. Si algo nos enseña la mitología griega es que las relaciones familiares pueden ser complicadas así que Liparos vivía exiliado en las islas volcánicas de Eolo, en el norte de Sicilia.


Las islas pertenecían a dioses y volcanes. Eolo domaba a los vientos y Hefesto, el hijo rechazado de Hera y triste marido de Afrodita, trabajaba su fragua en el interior del volcán. Liparos añoraba Italia y eligió Sorrento para instalarse.



Sorrento. Verano, 2021


Llegar a Sorrento desde Nápoles siempre es como una alucinación. Normalmente llego en tren y paseo hasta el mirador de la Piazza della Vittoria para asegurarme de que la visión del Vesubio me persigue, como una profecía de ceniza y poemas. Subo por las calles empinadas parándome a cada poco para contemplar el mar. Hemos venido aquí a adorar al azul, ¿no? Sorrento era el refugio odiseico de las sirenas que ya no pueden hipnotizarnos, sólo observar curiosas como nos ahogamos en medio de la nada sin saber si debemos culpar a la belleza o al dolor.


Cuántas veces alguien habrá llegado sin aliento a ese punto desde donde contemplamos el Vesubio, la única divinidad que aceptamos, cuántas veces alguien habrá buscado las palabras para describir este horizonte magnífico que nos persigue como una obsesión mítica. Cuántas veces habré resbalado por las escaleras que llevan a la Via Luigi di Maio mientras bajaba al puerto, la playa, las barcas, el Aperol en el bar Nonna Emilia, las horas alargadas, el tiempo que no existe. Por fin ganadores de la inmortalidad y la exageración.



Bar Nonna Emilia. Sorrento. Verano, 2021

Sorrento es el misterio que elegimos cada vez que la calma desaparece y necesitamos respuestas a una pregunta que nadie ha hecho. El milagro que nos resucita como si fuéramos las divinidades del sol que dan nombre a la tribu del reino que nos inventamos en cada trago de granita al limone.


Liparos, hijo de Auson, hijo de Ulises y Calipso, añoraba Italia y quiso reinar en Sorrento, el refugio de las sirenas, el destino de los adoradores del azul.


Ma nun me lass,

Nun darme stu turmiento!

Torna a Surriento…


lunes, 14 de junio de 2021

EL ECLIPSE TUVO MIEDO DE MÍ

 

Siempre he odiado los eclipses que desgarraban el tejido de mi realidad, que borraban tus pasos de pájaro en el borde de mi alma. Otros tenían miedo de oscuridad medieval, de cuevas ancestrales, de estrellas que se apagaban en cielos indescifrables. Solo yo odiaba los eclipses porque el miedo nunca fue una opción. Escupí a la cara de todos los demonios fingiendo ser sombra y ser olvido. Fingí saber todas las respuestas cuando ni siquiera había preguntas. Fingí ser valiente cuando solo era la pájara que escapaba de lazos y jaulas y te miraba sorprendida sin saber qué nombre darte.

Otros tenían miedo o fe. Solo yo odiaba los eclipses porque te llevaban lejos y dejaban a cambio restos de tu carne quemada que olfateaba cada noche transformada en quimera. Como si encontrar tu rastro fuera suficiente para traerte de vuelta, como si rescatar los jirones quemados de tu piel fuera lo que pedían los dioses a cambio de mi libertad.

Hubiera luchado contra todos los eclipses para recuperarte en el no tiempo de un sueño que se olvida como se olvidan los calles de las ciudades que nunca visitamos.

Y un día ardí y soñé que ardías y el eclipse tuvo miedo de mí.

Porque fuimos el volcán que petrifica las memorias, que espera dormido con la paciencia de los dinosaurios extinguidos, que explota en fuego líquido, belleza recortada en horizontes azules. Fuimos volcán y ganamos.

Ardí como solo arden los malditos que por fin saben que de las cenizas renacen las leyendas.

Como si me tocaras el corazón cada vez que respiras, como si fueras de nuevo el pájaro que acaricia mis alas de pájara fugitiva para volar más alto, más lejos, más fuego, como si fueras el único nido donde puedo descansar.



domingo, 7 de febrero de 2021

LA TORMENTA ETERNA DE JÚPITER

Nos he soñado dentro de la tormenta eterna de Júpiter. Volábamos en dirección contraria. Te llamaba y girabas en círculos para no verme, como un derviche o el remolino de la negación. La tormenta de Júpiter como una gran mancha roja que se observa desde lejos, bella como la distorsión del tiempo y el espacio, como la gota de sangre que nunca acaba de caer, el pinchazo en el dedo, la maldición de las brujas.

Nunca se protege lo suficiente un corazón. Siempre hay una tormenta perfecta, un huracán que no se acaba, los vientos del cosmos deshilachando los cuentos que todavía no había terminado de explicarte. A lo mejor si miras por la ventana puedes ver los finales abiertos, los diálogos locos de los protagonistas, la malvada bruja persiguiéndome en círculos, en laberintos grises, en campos de batalla. Todos los lugares donde te escondí sin decirte nada para que siguieras volando, para que no te vieran, tormenta perfecta, huracan enloquecido, como una mancha roja en Júpiter, como la sangre en el dedo herido con el que jamás te señalé.

Nunca se protege lo bastante un corazón. Intentaba explicártelo mientras nos soñaba dentro de una tormenta eterna. No me ves. Nunca me ves. No quieres verme.Soy invisible y bailo esquivando remolinos antihorarios para deshacer el tiempo y que intuyas el borde de mi falda, que vuelvas a verme como cuando ganábamos a las tormentas y la eternidad era apenas el reflejo de una gota de lluvia resbalando en la ventana por donde nos escápabamos.

En el centro de la tormenta de Júpiter hay caos y nubes frías y hay los sueños donde aterrizo buscándote para parar los vientos y que estés a salvo.

También hay auroras boreales en Júpiter y son eternas y no se entienden y brillan dispersas y elevan su luz como si quisieran cantar canciones antiguas de tribus nómadas. Me adentro en las auroras buscando brujas que me cambien canciones para deshacer hechizos por el recuerdo de una tarde bella haciéndonos reir. Nunca se protege lo bastante un corazón. Lo repiten las tormentas y las brujas.

Volveré a hacerte un nido de pájaro en el centro de una aurora boreal eterna.

Bailaré invisible alrededor de tu recuerdo. Para que no te atrapen, para que no te encuentren.

Para que el caos bello y eterno del corazón de la tormenta siga siendo tuyo.

Y ojalá me veas en la frontera de un sueño cualquiera, que yo no sea invisible, ni distorsión, ni calma.

Corazón de tormenta.

Eternidad y luz.


domingo, 17 de enero de 2021

LA TRISTEZA TENÍA UN PRÓLOGO

 

Agatha Christie, aquella mujer extraordinaria que pasó su vida entre Inglaterra y Oriente Medio escribiendo novelas de misterio y exprimiendo cada día con la máxima intensidad, dijo en sus memorias que no debemos volver a los lugares donde hemos sido felices. Mientras no lo hagamos aquellos lugares seguirán vivos en nosotros. Si volvemos, los destruiremos.

Sin embargo siempre vuelvo a tu recuerdo, al vestido de flores que no me he vuelto a poner, al tiempo distorsionado, tu abrazo sin memoria ni sentido, el desafío de una primavera que nos hizo creer que seríamos valientes siempre. 

Agatha no tenía razón, no es el retorno lo que nos destruye sino la incapacidad de hacer crecer nuevas primaveras alrededor de los recuerdos antiguos que vuelan como bellas hojas secas, doradas y frágiles. Ojalá nuestra memoria fuera una selva infinita de recuerdos alocados y bellos. Un árbol siempre vivo donde descansar. Que todo lo que alguna vez vivimos o soñamos acariciase a los momentos que están por venir, como si fueran gatos pequeños. Que nuestro pasado imposible fuera el refugio de todos nuestros futuros probables. Ojalá volvieras a deshacer los nudos, los hechizos, las tormentas, mientras dibujo despistada un mapa absurdo y hermoso donde perdernos siempre.

¿Cómo conservar lo que fuiste si todavía quiero que seas? 

¿Cómo ser el capítulo siguiente de una historia de heroes salvajes, de aventura insensata? ¿Cómo rescatar a la protagonista de una jaula de hielo eterno? Escribir los diálogos, que tenga sentido la huida. Encontrar quizás un capítulo perdido entre las flores del vestido que no me he vuelto a poner. Que seas siempre mi lugar feliz al que regresar. Que te guste mi vestido y mi camino, la ruta en espiral que compartimos.

La tristeza tenía prólogo. Uno de esos prólogos que no lee casi nadie. Las explicaciones previas a las que renunciamos, las pistas que no creemos necesitar. Leer el prólogo al final de la historia nos hace abrir los ojos, deslumbrados como animalitos nocturnos que se cruzan con una luz extraña. Entendemos entonces lo que alguien quiso decirnos antes de empezar la historia, el relámpago que rechazamos por prisa o por desidia. Entendemos entonces que la tristeza tenía un prólogo que no supimos o no quisimos leer.

Que nadie me hable del verano que nunca olvidaremos ni de primaveras robadas. Porque antes de este invierno que no entiendo, alguien, el destino o el diablo, escribió el índice de todos los recuerdos que jamás tendríamos. Quedaron petrificados, escondidos en gotas de ámbar, traslúcidos recuerdos nunca dibujados del todo. ¿Hacia dónde hubieramos corrido de haber sabido que aquel preludio triste anunciaba una primavera de adioses definitivos?

Arrancaría las páginas de aquel prólogo absurdo que miente cuando habla de despedidas y de puentes rotos. Iría directamente al final para descubrir quizás que nunca tiene sentido la belleza de un recuerdo petrificado, de un silencio absurdo.

Fuiste mi primavera robada, el verano que nunca olvidaré, mucho antes de que la distancia fuera ley. Todo en ti fue exceso. Todas las ciudades excesivas donde alguna vez he necesitado huir. Eras mi plan de fuga, el rescate seguro, una carrera enloquecida por la avenida principal de cualquier ciudad donde ser anónima. Eras todas mis plazas, las esquinas donde esperaba que sucediera lo extraordinario, el barrio donde hubiera vivido si hubieras entendido mi mapa absurdo.

Que fueras de nuevo mi lugar feliz. Indestructible como un universo de almas cruzadas.

Volver siempre a ti aunque ya no estés.

lunes, 21 de septiembre de 2020

DEBERÍAMOS VOLVER A LONDRES

 Deberíamos volver a Londres. Un día, cualquier día. El tiempo necesario para olvidar los naufragios y recordar el nombre que nos dimos cuando todavía tenía sentido nombrarnos. 

Hay monstruos bellos que quiero enseñarte. El craneo de un lobo en Cheapside y los restos de cocodrilos en la arcilla de Islington, el barrio donde un ángel da nombre a la estación de metro. Londres está lleno de ángeles, de animales salvajes y de fantasmas. Huellas de búfalos en Sant Martin in the Fields, en la esquina noreste de Trafalgar Square. Cuando llueve me refugio en su cripta, bebo te caliente y pienso en los cuadros de Turner en la sala 36 de la National Gallery. Cuando llueve pienso en que me acompañes a Trafalgar Square para poder explicarte cómo encontraron restos de hipopótamos debajo de la fuente, dientes de leones viejos en  Charing Cross, los rinocerontes en las ciénagas del Tamesis cuando todavía éramos prehistoria y no teníamos nombre.

Deberíamos volver a Londres para que podamos andar hasta Saint Paul que antes de ser catedral fue un templo a Diana, la diosa cazadora. El recuerdo pagano se disfraza de ritual, lucha contra el olvido sin saber que el olvido siempre gana. Hasta el siglo XVI todavía se recordaba a Diana sin saberlo cuando se paseaba una cabeza de ciervo en una lanza alrededor del templo cristiano y sacerdotes adornados con guirnaldas de flores la recibían en las escaleras de la catedral. Pero el olvido siempre gana. ¿O recuerdas acaso mi nombre?

Londres está llena de ángeles y fantasmas. Espíritus que protegen nuestros pasos cuando nos perdemos. Me sigo perdiendo cada vez que intento recordar el camino de las fuentes, los callejones, los rascacielos monstruosos devorando el tiempo. Me sigo perdiendo. Sigo sin encontrarte. El Guildhall tiene la cripta medieval más grande de Londres y los espíritus Gog y Magog, protectores de la ciudad, descendientes de gigantes paganos y míticos. Su historia es bella y extraña. Volvamos a Londres para que pueda explicártela, para que siempre te protejan, para que el olvido no gane. 

Para que me acompañes a buscar libros viejos con olor a recuerdo. Vuelve conmigo a Londres para que te explique la historia de Miss Banks que hace siglos recorría las calles londinenses con un vestido de bolsillos enormes donde guardaba libros. La acompañaba un criado de casi dos metros de alto que la protegía en silencio y apaleaba con su bastón a quien se atreviera a molestarla mientras se perdía soñadora en las páginas de los libros que encontraba en sus excursiones por la ciudad. 

Pero sobre todo quiero que vuelvas conmigo a Londres para poder explicarte historias de llaves que en esta ciudad representan a la magia y los demonios. ¿Quieres que te explique historias de llaves mientras intento no perderme camino de Islington? La estación de metro de Islington tiene nombre de ángel y hay un fantasma en la plaza de Cloudesley, cerca de Trinity Church. ¿Quieres que te explique la historia del fantasma que recorre las salas del Museo Británico? O aquella vez que la hija del conde Holland se encontró con su propio fantasma paseando por los jardines de Kensington y luego murió. O el fantasma del oso salvaje que se esconde en la Casa de las Joyas de la Torre de Londres.

Vuelve conmigo a Londres y explícame todas las historias que yo no recuerdo mientras me sorprenden de nuevo tus gestos, tu manera de hacerme encontrar el camino cada vez que me pierdo, lo inesperado de existir todavía a pesar de los incendios, los restos de un naufragio sin sentido, este querer regresar. Este deseo de explicarte historias, de que me las cuentes. Este viaje improbable.




domingo, 16 de agosto de 2020

AZUL SORRENTO

Todavía pienso en ti, entre limoneros y buganvilias, el mar azul de Sorrento, las gaviotas como la amenaza sutil del olvido, la brisa que le da forma al silencio. Quisiera que rompieras el silencio, justo aquí, justo ahora, tiempo y espacio acariciándose las puntas de los dedos mientras los planetas bailan y se burlan de nosotros en el cielo de este horizonte de Sorrento, azul para siempre, el misterio de tu adiós, de tu silencio.

Una barca mece dolores de una belleza extraña. Todo continua sin tener sentido. Como esperar que aparezcas entre limoneros y buganvilias, como un Vesubio despierto, como una leyenda antigua en una playa de Sorrento. Las ventanas abiertas, tu corazón cerrado. Rozar las flores blancas del claustro del convento de San Francisco y romperme en tu recuerdo, como si pudiera volver a rozar tu mano alguna vez y hablarte de poetas locos o fugitivos. Lord Byron borracho, Goethe atormentado. La absurda melancolía de Torquato Tasso soñando Jerusalen ensangrentada, medio loco, frente al mar de Sorrento,  mientras escribía la historia de la maga Armida que protegió a Rinaldo, el guerrero, escondiéndolo en su jardín secreto. Todos buscan sirenas y musas en las playas de Sorrento.

Sorrento será el sitio infinito de tu silencio, las flores blancas, el azul imposible, la tormenta que yo misma he creado donde siempre espero verte aparecer. Pensaba que podrías disolverte en el agua como la sal en la herida pero sigues aquí, rompiéndome el corazón en el azul de todos los mares donde intengo ahogarme.

Alguna vez creí ver el reflejo de un Ulises egoista en tus ojos. Dejaste morir a la sirena en todas las playas donde quiso refugiarse. Te alejaste sin mirar atrás cuando los demonios le cortaron la lengua para que no volviera a decir tu nombre. Llenó tus bolsillos de amuletos marineros, de pechinas blancas, de restos de naufragios y aventuras, para protegerte siempre, más allá de todos los olvidos. Siempre.


Sorrento Verano 2020.

domingo, 12 de abril de 2020

LA LIBERTAD DE LOS CORAZONES ROTOS


Decía el poeta inglés John Donne que todos los corazones son corazones rotos. Porque el amor no cabe en ningún sitio, desborda incontenible cualquier posibilidad de ser encerrado. Decía también que los corazones no se rompen en el desengaño o el adiós sino mucho antes, en lo más alto y perfecto de la emoción. Cuando todo desborda y todo se rompe. 

Quizás sea por ello que no hay nada que arreglar y solo nos quede aprender a convivir con las grietas, convertirlas en ventanas, en puertas abiertas, en espacios aéreos donde salir a respirar. Bosques, selvas, amazónicos corazones agrietados reclamando su propia leyenda, playas heladas abriéndose camino más allá de toda lógica. Y recordar entonces que si no somos libres no somos. 

Que solo la libertad nos conduce al centro mismo de la emoción que nos desborda y nos rompe. Que rotos así, por fin, nos convertimos en polvo de estrellas y sangre, en partículas perfectas unidas siempre por los lazos de la libertad. La única frontera que acepto. Mi único regalo para ti ahora que te echo tanto de menos. Solo que volvieras a explicarme tus historias insensatas justificaría las grietas de esta cárcel.

Es conveniente entonces elaborar la lista de los momentos felices, los momentos cortina que disimulan una grieta, los momentos manta que nos cobijan cuando el frío se cuela y parece ganar la desilusión o la tristeza. No parece que haya nada en la lista de los momentos felices capaz de esquivar la nostalgia, la añoranza. Esa manera evidente e inevitable de echar de menos en medio de la nada.

A veces un corazón en pleno ataque de nostalgia, que repasa los momentos felices que lo desbordaron, que te recuerda impaciente siempre a mi lado, siempre conmigo, se parece a un espejo roto que refleja el mundo inverso donde seguimos juntos, ajenos a cualquier intento de separarnos o de hacernos prisioneros.

Y sin embargo aquí están, los repaso, los recuerdo, los momentos felices que fuimos antes de rompernos. La historia inacabada de una grieta en el tiempo. Unir los puntos que forman todos nuestros momentos felices para ver si el dibujo tiene sentido. Si algo tiene sentido. Si el alma inquieta descubre cómo escapar de todos los sinsentidos. 

La certeza insomne de que todo fue real, de que exististe. Que existimos, un día. Que todo lo rompí.

A pesar de todos los poetas ingleses, a pesar de todo, solo tú sigues teniendo sentido.

miércoles, 1 de abril de 2020

IKTSUARPOK


Iktsuarpok, algún lugar entre la impaciencia y la anticipación, según los inuit, el sentimiento que te hace esperar que alguien vuelva a aparecer cruzando una colina o una esquina inesperada.

Intento poner un poco de orden en cada habitación como si así se pudieran enderezar de alguna manera mis laberintos interiores. La mente, el corazón, las líneas de un destino nunca escrito recortadas en las palmas de mis manos, los rincones de las vísceras donde intenté esconderte sin éxito, la punta de los dedos queriendo dibujarte por si acaso un día se me olvida quién fuiste. Quién sabe qué forma tomará la memoria cuando todo esté ordenado. Quién serás entonces...

Encuentro papeles escritos, tu letra, tus palabras, el laberinto de nuevo desordenado. Cada palabra un espejo y el reflejo inverso de una primavera que no nos merecemos. Jamás hubiera imaginado una primavera en la que no estuvieras, sin que me llenaras el corazón de extrañas alegrías incomprensibles. A veces me gustaría volver a ser incomprensibles, a cuando el hoy era un no-sitio, no-tiempo, una eternidad pequeña sin más sentido que existir para siempre en una primavera que dejamos de merecer cuando nos rendimos.

Ordeno habitaciones y al mismo tiempo se desordenan tus recuerdos. Todos nuestros posibles finales golpean las ventanas de mi casa como moscas sucias rebuscando en los restos de una tristeza confinada. Todo está sucio y roto, en cualquier final que elijas. 

No quiero ordenarte. Prefiero tropezar con los restos de tu naufragio cada vez que me pierda en la oscuridad.

Salir a encontrarte, atravesar el fuego como siempre lo hice. Como siempre lo haría.

Que suenen las canciones de todos los bailes que nunca me concediste, que pueda recordarte siempre en todos los idiomas, en todas las palabras de nieves, de mar, de aurora, de selva, de templo antiguo. 

Que todas las palabras extrañas formen un sortilegio imposible, el caos perfecto de constelaciones inventadas enseñándote a volver de donde estés.

Y ojalá estuvieras para salvarme de todos los miedos.

Y ojalá estés a salvo dentro de tu olvido. 
Y ojalá nada te duela.
Y ojalá nada te rompa.
Y ojalá siempre.
Y ojalá todavía.






domingo, 22 de marzo de 2020

EL SILENCIO EN TU RESPUESTA


El corazón se abre en este silencio de puertas cerradas.

Nunca te he visto pasar por debajo de mi balcón. Sin embargo salgo a respirar y me imagino que te veo y que te llamo y que te esperas y que bajo. Y te digo que nos vamos y me dices que sí. ¿Cuánto tiempo hace que no me dices que sí?

El nombre que pronuncio imaginando que eres tú quien pasa, se acaba enredando entre las hojas de un árbol que acaricia palabras como quien acuna pájaros pequeños, mensajeros de una primavera inexistente.

Envidio los pájaros más que nunca y envidio tu corazón desmemoriado. Envidio la caricia del tiempo borrando todo lo que ya no necesitas. Envidio que me hayas olvidado aunque siempre elegiré tu recuerdo por encima de cualquier paz. Envidio los que éramos, cuando pensábamos que teníamos todo el tiempo por delante, cuando cada día teníamos un mañana, cuando todavía me sorprendía al verte y descubrir que no había silencio capaz de borrar tus huellas de mi camino. Que nunca podré borrarlas aunque no vuelvas a estar. Que no quiero.

Salgo al balcón buscando pájaros y flores, imaginando que me escapo como me he escapado siempre, de casa, del país, de las certezas, de las cadenas, de las jaulas, de la moral recta y obligada, del pasado, del futuro, de todo lo que no entiendo, imaginando que pasas despistado y te llamo y me esperas y nos vamos.

Imaginando todas las cosas que te diría si no tuviera que aceptar el silencio de tu respuesta.


domingo, 8 de marzo de 2020

TE EXPLICARÉ LA VERDAD DE TODAS MIS HUÍDAS


Todos los viajes los hago contigo incluso si no vienes conmigo. Escucho tus mensajes de voz más antiguos siempre que el avión despega o aterriza como si solo tu voz pudiera guiarme a través de las nubes y los miedos. Me duermo en un recuerdo feliz, lejano.

Juego a perderme en las calles de todas las ciudades que me hubiera gustado enseñarte antes de que empezaras a odiarme. Todo fue siempre cuestión de tiempo, cuestión de espacio, cuestión de caos, de lazos rotos, de estrellas lejanas, de no explicarte toda la verdad y seguir jugando a perderme en las calles de las ciudades donde me escapo.

Imagino que te cuento historias aunque no vengas conmigo. El sol de Dublin, tímido, no llega a consolarme. Me siento ante la estatua de Oscar Wilde, provocador y rebelde, te explico un par de cosas de su vida, que las flores amarillas del jardín son narcisos que anuncian una falsa primavera. Te llevaría a Beirut porque hay un atardecer que llevaba tu nombre desde antes de conocerte. Te llevaría a Essaouira para que lucharas contra el viento y ganaras. Siempre ganas. París desafinado. Londres siempre y todavía. El templo de Dendera, Hathor tatuada en mi pierna y en mi alma. Acantilados escoceses. Selvas. Desiertos. Auroras boreales. ¿Dónde querías que fuéramos? Sigo imaginando que nos vamos.

Tengo frío. Sigue sin importarte que tenga frío. No estás. No sé si alguna vez has estado. Me gustaría que me explicaras historias de ciudades inventadas, que imaginaras leyendas de piedras y castillos, de vidas antiguas, que yo me las creyera porque me las cuentas tú.

Invéntate un cuento que explique todo lo que no tiene respuesta.
Explícame una historia con la que pueda dormirme y no tener pesadillas. Un final en el que siempre ganemos.

A cambio, te explicaré la verdad de todas mis huidas.

Todos los viajes los hago contigo porque fuiste mi brújula antes de quemar las naves. 

La canción miente porque sí, porque te echaré de menos en septiembre, cuando el verano muera y ya no te importen las historias que te explico. Seguiré marcando ciudades en mi mapa, caminos de baldosas amarillas, playas malditas, mi tesoro escondido al final de todos los finales

Cuéntame un cuento en el que me enseñes a trepar a los árboles, en el que todo arda y se vean a lo lejos nuevos horizontes.

Y yo te explicaré la verdad de todas mis huidas sin ti.


jueves, 13 de febrero de 2020

EL DÍA QUE TE DIJE ADIÓS



Jamás pensé que tendría que dejarme ganar para salvarte. Pactar con el enemigo y mentirte.

No recuerdo cómo iba vestida el día que te dije adiós. Es extraño porque siempre lo recuerdo todo. El desván de mi memoria es un temblor de recuerdos desordenados. Me asaltan en las esquinas imprudentes donde te espero, me sacuden, me golpean.

Sin embargo, no recuerdo cómo iba vestida el día que te dije adiós. Recuerdo otros vestidos que guardo en un cajón con bolsitas de lavanda. El vestido de algún día feliz que quizás no vuelva a ponerme para que no se mezclen los recuerdos. Quizás solo recuerde cómo iba vestida los días en que fuimos felices y por eso he olvidado qué ropa llevaba el día que te dije adiós. Como si así se pudiera borrar, volver al momento exacto en que me desperté y me vestí y elegí ropa de día triste de la que no se recuerda si no es que estás al otro lado del espejo.

¿Podemos volver al otro lado del espejo? Vestirnos de fiesta, salir corriendo, reírnos de todo. ¿Podemos dejar de romper espejos?

Recuerdo tus ojos, tus manos frías. Siempre. Cada día. Recuerdo completar mi sacrificio a los dioses en medio de la tormenta. 

Recuerdo jurar que acabaría con ellos si no cumplían su parte del pacto y te mantenían a salvo. Que acabaría con todos ellos, que les arrancaría la piel, que su sangre llenaría todos los mares y todos los ríos.

Que no habría paz para aquellos que me obligaban a decirte adiós. 

Que me obligaban a mentirte.

Jamás pensé que olvidaría la ropa que llevaba puesta aquel día.

Jamás pensé que tendría que dejarme ganar para salvarte.


domingo, 9 de febrero de 2020

LA SEÑORA SILVIA, EASTBOURNE Y LEWIS CARROLL


Entré a la librería de Camilla buscando una edición bonita y antigua de Alicia en el País de las Maravillas para mi colección. El verano inglés en Eastbourne era frío, los amaneceres rojos. Quizás sea la librería más caótica donde he entrado nunca. Tienen un loro, Archie, que recibe visitas los martes y los viernes y canta canciones a la clientela. En el fondo sabía que no compraría ningún libro porque nunca compro nada en las ciudades donde me he sentido triste. Pero una librería siempre es un refugio. Y yo necesitaba un refugio.


Eastbourne. East Sussex. England.


Lewis Carroll pasó sus vacaciones de verano en Eastbourne durante 19 años, entre 1877 y 1896. Se alojaba en el número 7 de Lushigton Road que actualmente es una clínica dental cerca de la estación del tren y de la librería de Camilla donde buscaba el libro que sabía que nunca me compraría. Una tarde me senté en las escaleras de la casa de Carroll intentando deshacer los nudos de mi garganta antes de bajar a la playa. Volvía de visitar Rye, el pueblo de las sirenas y los gigantes. Seguramente tenía ganas de irme a cualquier otro sitio donde las casas de mis escritores favoritos no se hubieran convertido en clínicas dentales, donde la playa fuera un lugar bonito y los atardeceres tuvieran sentido. 

Se me acercó una señora mayor. Me dijo que se llamaba Silvia, que vivía en el número 13 desde 1947 y que me recordaba de otros veranos. Quise explicarle que era la primera vez que visitaba Eastbourne pero solo sonreí recordando otro libro de Lewis Carroll, Silvia y Bruno. Cerré los ojos deseando que aquella fuera la Silvia del cuento, que fuera la niña-hada que conseguía que lo absurdo tuviera un sentido.


Compartí recuerdos inventados con la señora Silvia, me preguntó por la vida en Londres y le hablé de ti hasta que se me acabaron los recuerdos inventados, como que éramos felices y que planeábamos volver pronto. Cosas así. Me escuchaba hablar de ti con los ojos llenos de luz, como si fuera un ángel anciano y extraño que necesitara conocer tu historia para cambiar el final. Me explicó que habían cerrado la heladería favorita de su marido y le dije que la recordaba y que mi sabor favorito siempre fue el de vainilla. Los recuerdos inventados siempre tienen gusto de helado de vainilla.

Eastbourne. East Sussex. England.



El sabor de la vainilla llevó a la señora Silvia a una tarde de agosto. Ninguno de los dos habíamos nacido todavía pero ella recordaba en su laberinto de ensoñaciones que nos había preparado una cesta con sandwiches de queso y mermelada de arándanos porque sabía que eran mis favoritos y tú te habías quedado con hambre porque siempre te quedabas con hambre y yo siempre llevaba galletas en el bolso para darte por si acaso. 

Me preguntó si todavía guardaba la cesta y le dije que sí, que por supuesto, que volveríamos los dos, otro día, y la invitaríamos a helado de vainilla y que le devolvería la cesta y le explicaríamos historias de Londres.

Que volveríamos otro día y todavía sería verano y que a lo mejor entonces yo era feliz porque me acompañabas y compraba un libro de Alicia en el País de las Maravillas para que no se me olvidara nunca.

domingo, 26 de enero de 2020

ESCAPAR DEL FRÍO


Muy pronto la vida se convirtió en escapar del frío. El frío eran los silencios en el comedor de casa, los secretos, el deseo permanente de escapar, esconderse en el armario para sobrevivir al miedo. La vida siempre fue escapar incluso cuando ya no recordaba quién me perseguía. Permanecer siempre alerta, no quedarse demasiado tiempo en ningún sitio, en ninguna persona, en ningún corazón. No querer demasiado a nadie para evitar ser abandonada. Huir antes de que huyan los demás.

Eso lo aprendí muy pronto cuando los recuerdos infantiles todavía se mezclan con sueños de ángeles y demonios, cuando todavía no se separan las pesadillas de la realidad. Aprendí lo que significaba ser abandonada entre biberones y peluches y decidí escapar. Ser siempre yo quien se fuera. Mi pacto con el destino.

Entonces siempre tenía frío. Esa sería la señal para salir corriendo. Escapar del frío como quien escapa del hombre que te pide que guardes los secretos. Escapar del frío y de la sangre manchando mis piernas. Todos los recuerdos sepultados en la nieve. Odio la nieve y no saber en qué momento tendré que salir corriendo.

Ahora pensaba que me quedaría contigo, que ya no hacía falta escapar, que habías conseguido acabar con una maldición que ni siquiera sabías que existía. Pero me dejaste pasar frío. Tiritó mi cuerpo. Tiritó mi alma. Quizás esto sea lo peor.

Leía La reina de las nieves de Andersen debajo de las mantas, intentando ser invisible, que se olvidaran de mí por un momento, que me dejaran atravesar aquellas páginas y ser amiga de Gerda. Qué valiente era Gerda… Cuando la Reina de las Nieves congela el corazón de su amigo Kay y él se vuelve cruel y agresivo, ella sigue queriéndolo y decide ir a rescatarlo a pesar de la nieve, a pesar del frío, a pesar de que Kay ha sido besado por la Reina y por lo tanto ya no se acuerda de ella. Gerda recorre el mundo luchando contra todos para rescatar a Kay. La Reina solo lo liberará si es capaz de escribir Eternidad con trocitos de hielo. 

Gerda atravesando el mundo, luchando contra brujas, bandoleros, animales salvajes. Luchando contra el frío. Gerda encontrando a Kay. Kay olvidando a Gerda. Las lágrimas de Gerda descongelando a Kay, a punto de morir. Eternidad. Volver a casa. Huir del frío. Salvados los dos, por fin. Solo en los cuentos de hadas.

¿Por qué me dejaste pasar tanto frío?




domingo, 15 de diciembre de 2019

EL AMOR NUNCA FUE SUFICIENTE

A veces el amor no es suficiente y suenan los canciones que anuncian la llegada de un invierno que prometí esquivar.  Repaso todos los planes absurdos que tejíamos cuando no éramos conscientes de que el tiempo nos devoraba. A veces odio las canciones, los inviernos, el tiempo, la hoguera donde intento descongelar la tristeza que me regalas cada vez que sonríes y ya no recuerdas cuando estabas seguro de que el amor sería suficiente.

Nunca lo es porque el tiempo lo devora todo. A veces el amor no es suficiente aunque llegues con las manos llenas y me quieras convencer de que nosotros no vivimos en el tiempo sino en la eternidad. Aunque llegues y me quieras y yo me lo crea. Aunque tú siempre seas y yo desaparezca. Aunque tú no seas y yo me pierda.

Ojalá me encontrases siempre, cada vez que me pierdo y tu nombre resuena en mi cabeza como la brújula que intento entender, como el mantra que me calma cuando por fin recupero el camino y te veo lejos y te ríes como te ríes siempre cuando se abren las puertas del infierno y te vuelves invencible aunque el amor ya no sea suficiente y me olvides.

Estoy cansada de recordar espaldas que se alejan sin despedirse, sin recordar, sin remedio. El amor debería ser suficiente para encontrar la salida de este laberinto, para detener los eclipses que te alejan de mí. El miedo es un eclipse que oscurece tu memoria. Y el amor, que nunca será suficiente, que nunca será lo que fue, debería ser el inicio de todos los universos en los que jamás nos encontraremos.

Miles de universos muertos porque el amor nunca fue suficiente.

lunes, 9 de diciembre de 2019

A VECES LOS AVIONES SON MENTALES

A veces los aviones son mentales. 

No sé si alguna vez podré explicarte que desde que te conozco huyo de ti cada vez que subo a un avión. Huyo de ti y de la certeza de saber que te querré siempre. Siempre, nunca, a veces. Todos los pliegues del tiempo encerrándome en la cárcel de tu presencia fugaz. 

A veces estrello aviones en mi mente. O aterrizo en las mismas ciudades de siempre con la intención de borrar tus huellas, quemar todo lo bonito, todas las distancias, todos los recuerdos prisioneros en el ámbar líquido de una promesa jamás cumplida. 

Desearía no haberte conocido nunca. Lo deseo mientras te sonrío, mientras pienso que soy feliz y estoy triste. Lo confieso cuando bebo demasiado y se estrellan definivamente todos los aviones a los que subo para alejarme de ti, cuando alguien me acompaña a casa y me pregunta por ti y le obligo a callar y solo deseo que no existas, en ninguno de los posibles universos donde me escondo.

Lo confieso cuando te conviertes en todas las preguntas que alguna vez reclamaron su respuesta. 

Cuando todos sabemos que hay preguntas que nunca deben ser respondidas, que hay lugares a los que nunca hay que regresar. 

Cuando mueren las palabras que no se dicen nunca, las que se convierten en excusas, en medias verdades, en silencios necesarios. 

Cuando destruyo todos los futuros donde existes y niego todos los pasados en los que me mentiste tantas veces.

Háblame de vértigos la próxima vez que recuerdes lo feliz que fui cuando estaba triste y estabas cerca. Porque nunca sabrás que huyo de ti cada vez que subo a un avión.

A veces los aviones son mentales y se estrellan contra corazones asfixiados. Como si por una vez se pudieran cumplir los deseos que pediste cuando todavía tenías fe.

lunes, 2 de diciembre de 2019

MILA, ARNAU, ABISMO

Solitud (1905) novela escrita por Caterina Albert. En el capítulo 10 Arnau le declara su amor a Mila y ella, mujer casada y mayor que él, le rechaza aunque también le ama.


Querido Arnau,

te mentí. De nada sirve intentar explicar si fue por miedo, por prudencia o por cobardía. Solo sé que te mentí, que todos mis silencios fueron las mentiras con las que intentaba protegerte y escapar de ti, que cada vez que sonreía y te dejaba hablar te mentía. 

¿Fuiste consciente alguna vez de la oscuridad en la que vivía? ¿Sabías el efecto que causaban tus palabras en mí y jugaste con ello?  Guardo el recuerdo de todas las veces que me pedíste que huyeramos. Mi muralla siempre fue la risa. Reía cada vez que me explicabas todos los sueños que querías vivir lejos de la ermita. Cada vez que intentabas rescatarme de todos los dolores que ni siquiera eras capaz de intuir. A veces me mirabas en silencio y temía que pudieras llegar a leer todos los secretos que intentaba ocultarte. Reía siempre para disimular todas las tristezas de mi vida sensata. 

Sería fácil llamarme cobarde por no haber sido capaz de dejar a Matias y escapar contigo a cualquier ciudad inventada por tu imaginación infantil. ¿Qué hubiéramos hecho, Arnau? ¿En qué lugar te habrías cansado de mí, de mis años, de mis temores? ¿En qué momento me habrías cambiado por otra con menos historia a sus espaldas?

No me llames cobarde cuando todo lo que hice fue protegerte de una vida a mi lado para que pudieras derribar todas las murallas sin tener que esperarme. Te amé tanto como para hacerte creer que no te quería, para que fueras libre, para que dejaras de regalarme rosas por Sant Ponç, para que dejaras de preocuparte cuando me veías triste al lado de Matías. Siempre sonreía cuando te acercabas. A veces no te creías que estuviera contenta. Te mentí tantas veces cuando todo lo que quería era gritar la verdad y que se hundiera la ermita, Sant Ponç, el pueblo entero, la montaña... 

Que la montaña sepulte toda la tristeza que me deja tu ausencia.

Las rosas de Sant Ponç, tus rosas... He subido al Cimalt buscando el consuelo del abismo y las he dejado allí, muertas. Porque tú eras mi abismo, Arnau. Siempre lo fuiste. Nunca dejarás de serlo. Por un momento creí que podría luchar contra todo, romper las normas, cogerte de la mano y salir corriendo hasta que se nos salieran por la boca todos los pasados absurdos que nos niegan los futuros. 

Te confieso que cuando volvía a casa, feliz, con el corazón caliente después de estar contigo, estaba segura de que podríamos escapar juntos, escupir a la cara de todos los que hablaban de nosotros, romperlo todo, por fin. ¿En qué momento te miré y me pareció que no serías capaz? Tu juventud se disfrazaba de toda la insensatez que yo necesiba más que respirar. Te vi dudar y entonces dudé.

Ojalá pudieras entender el poder asesino de una duda en mi alma cansada. Era fácil hablar, cogerme de la mano, inventar planes locos, compartir sueños. Lo difícil siempre fue no hacer caso de la sombra de la duda. ¿Serías capaz de poner en práctica todo lo que me proponías? Te vi dudar cuando ni siquiera tú eras consciente de tus dudas. Creías que siempre estarías a mi lado. Lo creías de verdad. Tú también me mentiste. No te diré que estamos en paz porque viviré siempre en guerra con la tristeza de no tenerte cerca.

Te querré siempre, libertad, montaña, flor, refugio, sueño, alegría, vida. Te querré siempre, Arnau, desde el fondo de todos los abismos, desde el deseo eterno de besarte, desde la necesidad enloquecida de salvarte de una vida junto a mí. 

Mi soledad fue el sacrificio que ofrecí a los dioses para que tú fueras feliz, lejos de aquí, aventurero inquieto en busca de rosas para regalarme. Maldito Sant Ponç y malditas sus rosas. Me quedaré peleando con los dioses que protegen estas montañas hasta que yo misma me convierta en montaña. Siempre, Arnau, siempre. Siempre contigo aunque ya nunca esté. 

Mila.



domingo, 24 de noviembre de 2019

IMAGINO EXPLOSIONES

Secretamente temo los eclipses, las lunas vacías donde desapareciste, la marea helada disolviendo la sal con la que cubrías mis heridas sin saberlo. Jamás he pasado tanto frío. Todas las noches que pasé intentando detener las espirales cósmicas por las que desaparecías, los bordes imposibles del universo. Te alejabas y volvías, volvías y te alejabas como un espejismo de estrellas fugaces que me escupían los deseos a la cara. 

Jamás te perdonaré el frío, que me recuerdes el frío, que me obligaras al frío. Jamás te perdonaré los olvidos, el corazón latiendo cada vez más despacio, frío, las manos dormidas buscándote a oscuras en el espacio infinito que deja tu ausencia. 

Imagino explosiones en las que te olvido, en las que no duele hacer como que no te veo, como que no te encuentro, como que no estás, como si nada doliera al final del camino donde siempre espero encontrarte aunque no estés del todo. Aunque te alejes a lomos de sueños desdibujados en la niebla del futuro que imaginas sin mí.

Imagino explosiones en las que busco la muerte porque la vida me esquiva, bombas estelares creando constelaciones, reventar por fin en partículas infinitas de errores e insomnios. Que mi sangre riegue cualquier otro futuro donde necesites esconderte.

Nunca podré explicarte qué significan todas las estrellas que he visto morir mientras te esperaba.

Nunca entenderás las costuras mal cosidas de esta tristeza de que seas agua. La lágrima que me ahoga como si fuera tu nombre a punto de ser pronunciado.

Secretamente maldigo todos los eclipses porque no estás aunque siempre estés.