jueves, 31 de enero de 2019

NORMAS


La mayor parte del tiempo no pienso en ti. Apareces disuelto en memoria líquida cuando un gesto, una palabra, un olor, distorsiona mi linea temporal y me parece verte leyendo las notas que te dejaba entre los libros o en el bolsillo del pantalón. Hacía como que no te veía y esperaba que sonrieras, siempre despistado.

¿Te acuerdas de aquellas clases en las que acabábamos hablando de cualquier cosa? A veces casi nadie entendía de qué hablábamos pero eran las mejores clases, las que más recuerdo. Hoy hablaba de poesia simbolista con mis alumnos mayores y uno de ellos ha acabado explicando al resto cosas sobre genética, amor y sexo. Te hubiera parecido tan poético que hubieras estado de acuerdo en que ha sido la mejor parte de la clase. A la mierda los movimientos literarios del siglo XX, hubieras exclamado quitándote la chaqueta y lanzándola a la silla con entusiasmo.

¿Cómo lo hacías para tener siempre la palabra exacta? ¿Cómo conseguías que te hiciera caso si nunca le hacía caso a nadie? ¿Cómo te dejabas convencer de todo si tenías tanto miedo? No sé de dónde sacamos el tiempo para inventarnos nuestras propias normas, las que nunca escribimos en ningún sitio, las que íbamos asumiendo sobre la marcha de nuestras rutinas. 

Descifrar tu seriedad, rozarte la mano, sacarte la lengua, arreglarte el flequillo, quitarte el cinturón. La mejor parte era quitarte el cinturón. El timbre de clase, salir corriendo, vivir siempre despeinada. Nuestras normas, contarte los dedos de la mano para que se te pasara el enfado. Si llegaba hasta cinco es que no era tan grave pero me gustaban los bucles infinitos, descontarme a propósito, quedarme un rato más, estar segura de que al día siguiente volveríamos a jugar con nuestras propias normas.

La mayor parte del tiempo no pienso en ti. Mi norma.
Despeinada y sonriente.


domingo, 27 de enero de 2019

ULTRASÓNICA


Escuchábamos música a todas horas. Tus vinilos, mis cassettes. A veces preparabas sopa mientras sonaba Billie Holiday en el comedor. La primera vez que me hiciste escucharla me quede sentada en tu mecedora fea, debajo de una manta, sintiéndome tan desgraciada que no tuviste más remedio que salir a buscar pizza y galletas. Bailábamos todas las canciones y me apretabas fuerte porque Billie Holiday siempre dolía aunque todavía no entendiera por qué.

Escuchábamos música buscando mensajes secretos que hablaran de nosotros. Cuando ya no hacía falta que nos escondiéramos, todas las canciones de Los Piratas eran nuestras. Fueron profecías de un final que nunca pensamos que llegaría. Si bebíamos demasiado escuchábamos “M” y “Promesas que no valen nada” y salíamos a la terraza a cantar a gritos, a bailar como indios, a hacer equilibrios en alambres imaginarios, sin red. Porque sabíamos que, si algún día nos soltábamos de la mano y caíamos, sería sin red. Todo era vértigo. Nos quedábamos callados, quietos, como sombras huídas del cuerpo de algun ser extraño, buscando una paz difícil que encontrábamos entre canciones y besos. No recuerdo si cuando cantábamos “M” yo ya había decidido romperte el corazón pero sí sé que cuando se publicó el disco Ultrasónica tres años después estuve a punto de llamarte. Porque El equilibrio es imposible era la canción que lo resumía todo, era la señal que me envíabas desde el pasado para que volviera. Confía en mí… Cuántas veces te pedí que confiaras en mí.

Aquella fue la canción que nunca compartimos porque ya no estábamos juntos. La cantaba a gritos en mi casa del Cairo, si cada vez que vienes me convences, me abrazas y me hablas de los dospensando que de alguna manera me escucharías, que alguna magia egipcia conseguiría que te llegaran mis pensamientos, yo te sigo porque creo que en el fondo hay algo…

Imaginaba que mi yo de quince años volvía a convencerte de todo. Volvíamos a ver Casablanca, La Princesa Prometida y Eduardo Manostijeras en el comedor de tu casa, a escuchar a The Smiths, The Cure y Depeche Mode. Never let me down again. Volvía a cumplir los 18 y te llevaba a un concierto de Heroes del Silencio para celebrar que había sobrevivido al instituto, a la selectividad y a no poder verte entre clase y clase que era mucho peor que todos los exámenes de física juntos. Volver a convencerte de todo. Como cuando rendirse no era una opción. Nunca fue una opción.

Cantaba no te echaré de menos en septiembre como la sigo cantando hoy. Con rabia prehistórica. Y yo no quiero volver, no me repitas jamás que no sabes qué hora es…

Ultrasónica fue el disco con el que decidí no volver atrás. Quiero besarte sin explicarte que no entiendo el mundo sin estar aquí contigo, caótico cerrado, caótico neutral.

Soñaba con cocodrilos que me devoraban y me despertaba sin saber por qué no estabas allí para cuidarme. Hasta que me acordaba de que era yo quien se había ido y me odiaba un poco a mí misma

En todos nuestros futuros posibles seguíamos buscando mensajes ocultos en las canciones que ya no compartiríamos. No hagas que me arrepienta, renunciaría ahora sin pensarlo. Quiero que te des cuenta, es imposible parar algo inevitable.

jueves, 24 de enero de 2019

EL DÍA QUE ME ESCAPÉ


Hoy que de nuevo tengo tantas ganas de irme, me acuerdo de todas las veces que me mirabas y me decías “no serás capaz”. No porque me retaras sino porque te morías de miedo cada vez que yo llegaba a ti con un plan infalible para cualquier cosa que se me ocurriera. He tardado media vida en entender todos tus miedos, en aceptar que tenías razón.

El primer verano pudo haber sido el final de todo. Cinco meses de escondites, secretos, planes absurdos, besos extraños en sitios inesperados, taquicardias, peleas y perdones. Noches sin dormir. Nunca he pasado tantas noches sin dormir como cuando se acercaba aquel mes de junio. Los exámenes, la perfección académica que me exigías y a la que nunca conseguí llegar, tu despedida. Durante mucho tiempo quise creer que no era verdad que te habías ido sin despedirte, que era imposible y que volverías como hacías siempre, con los dedos manchados de tinta y la bolsa marrón llena de papeles desordenados, que me dirías algo bonito. Creo que nadie nunca me ha vuelto a decir las cosas bonitas como las decías tú. Me han querido mucho pero me han sorprendido poco.

Y no volviste. Y odié aquel mes de junio y el verano que amenazaba con convertirse en el precipio que acabaría conmigo. El abismo de un septiembre sin ti. Lo fácil hubiera sido recordar con cariño aquellos cinco meses clandestinos, aceptar con la madurez que todo el mundo me atribuía que no hacía falta continuar. Pero lo fácil nunca fue una opción para mí y así fue como organicé mi primera huida. Quizás en otro momento pueda explicar los detalles increibles de un plan enloquecido que debía acabar conmigo en el sur de Francia sin que mi familia lo supiera. Controlar los tiempos, los cómplices, las coartadas.

¿Cuando dejé de ser tan valiente?

Te escribí una carta para explicarte mi plan. Mientras la escribía, mientras cerraba el sobre, mientras pegaba el sello y esperaba impaciente el tiempo aproximado en que debías recibirla, tenía presente tu cara de susto. Te proponía que nos encontraramos en la Place de la Comédie, en Montpellier, tal día y a tal hora, para que me invitaras a merendar crepes con chocolate. En realidad yo acababa de leer Rayuela y como todas las adolescentes que leen Rayuela, quería ser la Maga jugando a desencontrarse con Horacio por las calles de París, no planear nada y que el destino nos reuniera caminando a ciegas por las calles de Montpellier que me parecía más asequible que París. Pero te dije día y hora. Tenía que recorrer 683 kilómetros para saber si eras capaz de encontrarte conmigo en cualquier sitio que te propusiera, para que llegara septiembre y no te odiara.

Fue un viaje extraño y peligroso que algún día deberá ser explicado. Quizás.

Nunca he confiado tanto en nadie como cuando llegué por fin a la plaza de nuestra cita y estabas allí hecho una furia, muerto de miedo y de preocupación. Y también feliz. Éramos tan felices y la ciudad tan bonita... Nos explotaba el corazón en cada esquina.

Años más tarde, ya adulta, cuando ya hacía tiempo que había decidido dejarte, mi habitación con vistas al Nilo empezó a asfixiarme y pensé que Montpellier sería un buen lugar para vivir. No aguanté mucho. Me di cuenta de que siempre esperaba verte caminando como si fueras el Horacio de Rayuela, haciendo como que me encontrabas por casualidad con la cara manchada de crepe de chocolate. No he vuelto a visitar aquella ciudad y además no me gusta París.

¿Cómo conseguimos regresar a casa y hacer que septiembre no se convirtiera en un agujero negro de tristezas y adioses? ¿Cómo conseguimos sobrevivir a todo?


viernes, 18 de enero de 2019

PERDERSE Y ENCONTRARSE


Querido M…

Pasé muchas semanas planeando cómo celebrar contigo aquel primer cumpleños en el que ya estabas en otro instituto, ya te habías despedido de mí, ya habías huido como el tipo sensato que intentabas ser. La sensatez te duró mucho menos que lo que me costó a mí averiguar cómo llegar a tu nuevo instituto. 26 kilómetros de distancia con 16 años pretecnológicos era casi como atravesar el desierto a ciegas. Era viernes y no fui al instituto. Le pedí a mi mejor amiga que me cubriera las espaldas y se puso a llorar como hacía siempre que se enteraba de cualquier cosa que tuviera que ver con nosotros. Me pidió que te felicitara también de su parte, que te dijera que todo el mundo te echaba mucho de menos., que vinieras algún día a vernos. La dejé llorando camino de clase de matemáticas. Era viernes y me perdí tantas veces antes de llegar a tu nuevo instituto que a partir de aquel momento dejé de tener miedo a dar vueltas sin rumbo, a cruzar fronteras y subir a trenes cuyo destino no siempre tenía claro.

Volví a recorrer ese mismo camino muchos años después, desbordante de nostalgia, tren directo, menos de media hora, google maps, horarios en la web. Pero en aquel momento llegar hasta donde estabas significaba perderme y encontrarme. Siempre fue así. Perdernos y encontrarnos. Jugar a desaparecer y estar siempre cerca, desorientados, medio atontados, probando todas las rutas posibles para llegar siempre a la misma conclusión.

Cuando por fin llegué, pregunté por ti en conserjería y todavía no me explico cómo convencí a aquella señora para que fuera a buscarte a clase. Más tarde me explicaste que, cuando me viste esperándote en la puerta, tenía un aspecto entre angustiada y desorientada. Como si una parte de mí todavía estuviera preguntándose qué demonios hacía yo allí, que a lo mejor te enfadabas, que a lo mejor no querías verme, que a lo mejor no sabía volver a casa. Que si no querías verme me iba a dar igual no saber cómo volver a casa. Te lo expliqué muy rápido para que no me interrumpieras porque quería decírtelo todo antes de darte la posibilidad de sermonearme. Cómo la primera vez que decidimos que nos queríamos, cuando todavía los miércoles tenían sentido porque compartiamos el almuerzo. La cuestión siempre fue no dejarte hablar hasta que yo hubiera dicho tantas cosas absurdas que estuvieras totalmente desorientado y no pudieras decirme que me fuera.

Así que te felicité, te di recuerdos de todo el mundo, te dije todo lo que había pensado decirte mientras me equivocaba de tren para llegar a tu nuevo instituto. Y cuanto más hablaba más evidente me parecía que todo aquello no tenía sentido.

Pero me abrazaste, fuiste a buscar tu chaqueta y tu bolsa marrón y no volviste a clase. Nos fuimos a celebrar tu cumpleaños. Era un viernes de la era pretecnológica. Llamé desde una cabina a casa, expliqué dónde estaba, mentí sobre con quién estaba y avisé que no iría a comer, ni a cenar y seguramente tampoco a dormir. La llamada me costó veinticinco pesetas. El lunes tenía un examen de física. Fue mi primer y último suspenso.

A lo largo de los años, hasta que llegó el momento en el que decidí abandonarte, solo me pediste que te quisiera siempre aunque algún día dejáramos de vernos. Que te quisiera siempre y que siempre revolución. Así es que aquí estoy, 27 años después de tantas primeras veces. Odiando los adverbios y cumpliendo mis promesas.


viernes, 4 de enero de 2019

ENERO, TIEMPO Y ESPACIO

Reencontrarte en nuestros primeros eneros era, a veces, asumir la crueldad incomprensible con la que me esquivabas. Yo llegaba siempre cargada de propuestas insensatas que escuchabas con media sonrisa prudente. Lo imposible no tenía lugar en mi cabeza, en mis planes y deseos. Tardé bastante en entender las batallas que perdías mientras me escuchabas. 

Enero siempre fue tuyo. Tu cumpleaños, mi primer gintonic (y el segundo y el tercero...) y la brújula que te regalé porque sabía que algún día te perderías. O me perdería yo. 

Te gustaba contarme historias y pronto me di cuenta de que era la manera en que intentabas explicarme cómo te sentías. Siempre fuiste una espiral. Girando alrededor de un centro del que te ibas alejando. No importaba las veces que te pidiera que fueras en linea recta, que no entendía nada de lo que me querías decir. Tus discursos eran peonzas enloquecidas que me obligaban a interpretar tus temores y prudencias. 

Mi misión era esquivar enero y recuperar la sencillez de encontrarnos sin planes, sin propósitos, sin saber qué pasaría. Siempre se me dio bien improvisar, siempre odié el drama y las palabras a medio decir. Enero era tuyo y yo siempre tenía frío y tenía que trabajar el doble para sentir que estaba a la altura de todos tus inviernos, para que dejaras de exigirme el doble que a todos los demás, para dejar de sentir que nunca lo conseguiría. Tardamos tanto en explicarnos todo...

Te insistía en no dejar las palabras a medias, deshilachadas en su dolor de palabras inútiles. Sujeto y predicado. Si conseguía desconcertarte, si conseguía tus carcajadas, sabía que volverías a sentarte a mi lado.

Recuerdo que me explicaste la historia del dios Jano el día que te regalé tu brújula de cumpleaños y me bebí mi primer gintonic (y el segundo y el tercero...) Me decías que era el guardian de las puertas, el dios del enero, capaz de ver el pasado y el futuro y por lo tanto de tomar las mejores decisiones, que había nacido del caos y que tenía dos caras como resto de lo que había sido el desorden primitivo. Pasaste mucho rato hablando sobre dioses latinos y yo solo quería besarte y enviar a la mierda los sujetos, los predicados, los verbos irregulares, las caras de Jano y los polinomios.

Quizás yo había bebido demasiado para entender lo que me querías decir. Mi brújula era el espacio, la distancia, el norte. Y tú me hablabas de tiempo. Siempre hablabas demasiado, en realidad.

Y al final siempre ha sido así, tiempo y espacio.





lunes, 17 de diciembre de 2018

LO QUE APRENDÍ


Lo más importante de este intento de poner orden en la emoción no es el recuerdo de todo lo que pasó sino la certeza de habernos convertido en el futuro que jamás pensamos que llegaría.

Aprendí a insultar en inglés, a calcular las distancias en unidades de tiempo, el tiempo que faltaba para verte, el tiempo que tardaríamos en salir corriendo, el tiempo que tardaría en llegar al sitio donde quedábamos siempre sin que nadie me viera, aprendí a escuchar canciones en blanco y negro, a coreografíar el silencio, cómo olía la flor que me puse en el vestido el día de la graduación. Nunca supo nadie quién me la había regalado.

Aprendí a llegar a tu casa antes de que me dijeras donde vivías. Aprendí a esperar en la puerta hasta que bajabas con una caja de galletas que compartíamos escondidos cuando se te pasaba el susto de verme allí, cabezota, desobediente, vete a casa, no me voy.

Aprendí sobre todo a desobedecer. A desobedecer a todo el mundo, incluído a ti. A tener siempre la puerta de la clase abierta porque decidí que siempre sería libre, que me escaparía todas las veces que fuera necesario hasta que entendieras que no me creía nada de lo que me decías, que no querías verme, mentira, que no podemos vernos, mentira, olvídame, mentira. Aprendimos a querernos en medio de todas las locuras incluso cuando parecía que jamás aprenderíamos y que daba igual.

Aprendí a interpretar tus gestos como si fuera un indio persiguiendo pájaros en el cielo, intuyendo la tormenta, la guerra a punto de ser declarada. Desobedecí a todo el mundo hasta que gané. Gané que te quedaras conmigo aunque te fueras, gané la confianza ciega, el amor improbable de las criaturas imposibles, gané que nos latiera el corazón a tanta velocidad que lo conseguimos todo, detener guerras, mover montañas, esquivar balas.

Ganamos.

Me pregunto si sigues luchando tus batallas.
Me pregunto si sigo haciéndolo yo ahora que tengo más ganas de recordarte que de verte.


jueves, 13 de diciembre de 2018

REIRNOS DE TODO


Tenemos la edad que teníamos la última vez que nos vimos.

Nos reíamos de todo con la misma facilidad con la que esquivábamos a los enémigos de lo absurdo. Aprendí a amar lo absurdo el día en que decidí confesarte que te quería y como respuesta recibí la bronca más grande que he recibido nunca. Porque era absurdo, ilógico, irresponsable y perfectamente imposible.

Amo lo ilógico desde entonces, lo perfectamente imposible, el caos del que nacen las estrellas, todo lo que me desconcierta, todo lo que pone el mundo del revés. Jugué con el desconcierto y me reí de ti, como la gran insensata que era, me reí y me burlé y me arriesgué a que me expulsarás de la vida porque era mi última carta. Cobarde. Responsable, lógico, perfecto. Grandísimo cobarde. Hasta las lágrimas. Hasta que aceptaste que no me iba a ir sin mi respuesta. Absurda, ilógica, irresponsable.

Las noches eran eternas, los saltos al vacío inevitables. El vértigo, buscarte, no encontrar el camino y saltar igualmente. Las cicatrices en la memoria que me recuerdan todo lo que conseguimos cambiar. Todas las decisiones que tomamos hasta que decidí que me iba para siempre y me llamaste cobarde y me dejaste ir porque tenía que cambiar el mundo pero cobarde, absurda, te echaré de menos, te daré las gracias siempre, cuidaré de ti siempre.

Nuestro triunfo fue no traicionarnos nunca. Escupir a la cara de todos los que nunca creyeron que lo conseguiríamos. Romperlo todo y reirnos de ellos.

Tendremos siempre la edad que teníamos la última vez que nos vimos.
Seremos como todas las promesas que cumplimos sin dudar.


martes, 4 de diciembre de 2018

LA MAGDALENA DE LOS MIÉRCOLES


No me gustaban los miércoles hasta que se convirtió en el día de las magdalenas clandestinas. Yo las llamaba magdalenas clandestinas porque me gustaba poner adjetivos a las cosas que te pertenecían. Los rotuladores, los abrazos, las libretas, el jersey de colores que siempre fue mi favorito…Tú las llamabas simplemente magdalenas.

Cada miércoles me buscabas en clase y me dabas una magdalena perfecta. Las comprabas en la panadería de la esquina de tu casa. Muchos años después volví a pasar por delante de aquella panadería sin atreverme a entrar y comprar magdalenas. Nunca Proust y su búsqueda del tiempo perdido tuvo tanto sentido.

Que me dieras de comer me parecía tan maravilloso que durante por lo menos una hora era incapaz de entender nada que me dijera el profesor que tenía delante. Me daban igual los ríos, las montañas, los sujetos y los predicados y, especialmente, las malditas ecuaciones. Aquella magdalena que me dabas cada miércoles, aunque tuvieras que desviarte y llegar tarde a tu propia clase, representaba el lejano momento en que salimos de las cuevas donde pintábamos bisontes e inventábamos cosas importantes como el fuego, la tortilla de patatas o los abrazos de tornillo. Representaba cada vez que decidiste cuidar de mi como si no te pareciera suficiente el bocadillo del almuerzo. Cada vez que supimos que sobreviviríamos a pesar de todo.Necesitaba aquella magdalena para reconciliarme con los miércoles, con las ausencias, con las malditas ecuaciones y, a veces, con el mundo.

El año en que decidimos que nos queríamos estalló la guerra en el país que supe que amaría siempre. Bagdad resonaba en mi cabeza a miles de kilómetros de distancia. Tenía pesadillas en las que las bombas caían sobre tu casa y yo me despertaba temblando y con frío de otoño temprano. Casi 30 años después Bagdad sigue siendo el recuerdo de la guerra que intentamos detener gritando en la calle cuando yo todavía no tenía edad para votar y tú me decías que me querías porque creía que era posible parar guerras gritando en las calles.

Bagdad siempre será el miedo a perderte.

Y perder el miedo a las bombas que caerían sobre mi si podia salvarte a ti y a la magdalena de los miércoles. Nuestro pequeño triunfo clandestino. La guerra que acabamos ganando.

jueves, 22 de noviembre de 2018

AVISO DE BOMBA


La decisión más insólita la tomamos un día a 346 kilómetros de casa. Fue la primera de muchas decisiones extrañas e irrepetibles que a mí me maravillaban por su evidente sencillez y a ti te dibujaba en los ojos una expresión de susto perpetuo.

A algún adulto le había parecido una buena idea ir a visitar un museo precioso después de tres noches de insomnio adolescente. Recuerdo el cansancio y la sensación de contemplar los cuadros desde alguna nube medio en sueños. Te recuerdo a distancia, con la seriedad del que vigila, el flequillo despeinado, la camiseta un poco arrugada. Mis amigas y yo imitábamos los gestos de las bailarinas de Degas y tomábamos apuntes importantísimos para algún trabajo que tendríamos que hacer más tarde. Calculé el tiempo que tardarías en acercarte y en hacer un comentario sobre el cuadro. Me equivoqué por diez segundos. No tenías ni idea de pintura y te expliqué cosas sobre la importancia del instante captado al vuelo, lo efímero del momento, la niebla que envolvía a la bailarina, la mentira de lo eterno. A veces sonreías distraido y jugabas con un botón de mi bolso.

Cuando dieron el aviso de que debíamos evacuar el edificio por una amenaza de bomba estábamos discutiendo por cualquier cosa sin sentido. Mirarnos a los ojos. Mantener la calma. Buscar la salida de emergencia. Seguir al rebaño. Tardé en darme cuenta de que me apretabas la mano y de que sin querer habías arrancado el botón de mi bolso.

Bajando las escaleras te hice parar para decirte que a lo mejor nos moríamos. Y no entendías nada porque estaba claro que no nos íbamos a morir en un museo a 346 kilómetros de casa, que saldríamos de allí ordenadamente como todas las veces que habíamos practicado en el instituto y que hiciera el favor de no pararme y que querías comer churros. Porque siempre decías alguna cosa parecida a que querías comer churros para que me diera cuenta de que no estabas enfadado de verdad.

Yo parada en una escalera de un museo madrileño pensando en las bailarinas de Degas mientras tú me decías que querías ir a comer churros y la gente evacuaba el edificio por si acaso explotaba una bomba etarra. Así tomábamos las decisiones normalmente, en medio del caos. Y allí tomamos nuestra primera decisión absurda y maravillosa.

Muchos años más tarde busqué el bar donde nos escondimos cuando conseguimos salir del museo pero ya no existe. Tampoco existe la tienda donde entramos a comprar un botón muy feo para substituir al que habías arrancado de mi bolso. A ti te parecía bonito y nunca te dije que era muy feo. Después empecé a viajar sin ti a sitios donde las bombas estallaban de verdad. Y pensaba siempre que a lo mejor nos morimos y que el instante es efímero.

Desde entonces me desoriento en todos los simulacros de evacuación y tomo decisiones absurdas cuando me rodea el caos.

sábado, 17 de noviembre de 2018

QUERIDO M.


Querido M.

Los resortes de la memoria son extraños. Recuerdo tu pelo, tus gafas, tus dedos manchados de tinta, la mirada siempre atenta, casi siempre sorprendido por cualquier cosa que te explicara, tu letra en mis apuntes de clase, el miedo que me daba verte serio cuando te necesitaba, la primera vez que te vi realmente enfadado, injustamente enfadado. Me sigue pareciendo una injusticia mil años después. Era jueves por la tarde y llevabas una bufanda azul. Recuerdo tus macarrones con tomate, el café con leche y galletas para pasarme la noche despierta, estudiando, escuchando tus canciones, imaginando los viajes que nunca haríamos.

Siempre recuerdo tu voz, sobre todo. El eco de las palabras flotando a mi alrededor, formando la red que todavía me salva cada vez que el abismo me reclama. La vida ha sido revolución desde entonces, desde siempre, desde el momento en que entendimos que para siempre era mucho tiempo, que pasara lo que pasara jamás dejaríamos de ser revolución y lucha. Todas nuestras batallas, también las que perdimos, vuelven a veces en formas extrañas como los mecanismos que activan los recuerdos. Tus botas marrones, tu maleta llena de apuntes y de libros, el collar de la suerte para los exámenes que me sigue haciendo falta de vez en cuando. Sigo recordando tu cumpleaños cada vez que llega el invierno.

A veces éramos torpes, un desastre, para qué negarlo. Me desconcertaba como pasabas del entusiasmo a la exigencia, sin darme tiempo a respirar. Como de repente todo era serio y un poco absurdo. Casi nunca entendía el misterio de tus silencios. El vértigo desordenado de tu ausencia incomprensible. Atravesarlo todo, romperlo todo, enloquecerlo todo, gritarlo todo. Lo rompimos todo. Esta historia en prosa estaría llena de borracheras adolescentes, de debates de madrugada, de huidas en dirección a ningún sitio, de canciones con estribillos que me recordaban que había estado pensando en ti sin darme cuenta. Esta historia en prosa no tendría ningún sentido. 

Querido M. Nuestro caos fue un oasis en el centro de una vida extraña donde todo debía tener una explicación. Fue maravilloso que fueras inexplicable, que el objetivo fuera vivir, que el objetivo fuera maldecir el tiempo y su peso inaguantable, que quemáramos todos los puentes en la huida, que no tuvieramos ningún refugio al que regresar.

Fue extraordinario que hicieras nido en todos los árboles de mis sueños. Que fueras mi brújula cuando la única alternativa era perderse. Que fueras el tesoro en el centro de mi mapa. Revolución hasta el final. Siempre lo supimos. Nunca conformarnos. Querido M.