miércoles, 24 de abril de 2019

IDIOTA Y VALIENTE


A menudo eras un misterio de silencios y distancias.

Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que te rompiste, que lloraste todo lo que estaba por llegar, que me pediste que me quedara y me quedé porque me hubiera quedado aunque me hubieras echado a gritos, la primera vez que te desnudaste lo suficiente como para entender que te estaba pidiendo imposibles y lo estabas aceptando, que a veces no necesitabas verme a tu alrededor danzando como una abeja enloquecida pensando en el siguiente salto. Que a veces era necesario simplemente que me sentara a tu lado y te quisiera así, serio, preocupado y un poco perdido. Ordenar tus demonios interiores hasta que te convencía, desde la calma que tuve que aprender a encontrar, que tus preocupaciones iban a desaparecer por arte de magia si me quedaba cerca. Que me dejaras. Que te dejaras. Era fácil convencerte, en realidad.

Sonreías un poco, ordenabas la mesa y me preguntabas si no tenía algún examen para estudiar. Era tu odiosa manera de cambiar de tema. Y me dejabas tu boli de la suerte y me preparabas un plato con galletas y te sentabas a mi lado rodeado de libros y libretas haciendo como que trabajabas, mirándome de reojo, aguantándote las ganas de interrumpir mi falsa concentración.

No me di cuenta de que me querías de verdad hasta que me dijiste que no podías más. Te miré con cara de no entender nada y te lo hice saber. “Te estoy mirando con cara de no entender nada, con cara de estar en clase de mates, con cara de estar mirando una película de esas que te gustan a ti” Porque yo a veces era un poco idiota y te hablaba así. Y es cierto que en ese momento no entendía nada pero nos ayudaron los demonios que llevaba tanto tiempo ayudándote a ordenar. Se me cayó un botón de la camisa y te rompiste como un vaso de cristal. Creo que fue la primera vez que te vi llorar de auténtica tristeza. Al día siguiente me dijiste que el botón te había recordado el viaje a Madrid con el instituto, cuando nos escapamos por primera vez con la excusa de que a lo mejor nos moríamos pronto y no podíamos perder el tiempo y perdí un botón del bolso y me compraste un botón muy feo que a ti te parecía muy bonito.

Y yo seguía siendo idiota y seguía sin entender nada porque todo me parecía una fiesta a tu lado y no entendía por qué estabas tan serio y me hablabas de botones y temblabas. Por qué no podías más y querías que me fuera aunque me acababas de pedir que me quedara. Supongo que vi el futuro, un futuro en el que era un poco menos idiota. Supongo que si me hubiera ido hubiéramos vuelto a nuestras vidas sensatas y tranquilas de gente que no pierde botones ni se escapa de los sitios. Supongo que durante una milésima de segundo entendí lo qué te estaba pasando y me quedé.

A lo mejor me querías mucho más que yo a ti. Porque te pedía imposibles y aceptabas. Porque todo me parecía fácil y me decías que sí, muerto de miedo, valiente hasta el final. Incluso cuando lo único que querías era una vida tranquila comiendo galletas mientras me ayudabas a estudiar en tu mesa desordenada. Incluso cuando yo me comportaba como una idiota y no me daba cuenta de que me necesitabas.

Tardé en entender el valor real de todas las veces que me dijiste que sí, de todos los obstáculos que ignoraste, de todas las veces que dejaste que te cogiera de la mano en silencio, solo para que te dieras cuenta de que estaba allí, que por supuesto que estabas a salvo, que no pasaba nada aunque nos pasara de todo.

Siempre serás la persona más valiente de esta historia.


jueves, 11 de abril de 2019

ADRENALINA

Subí triste a aquel avión rumbo El Cairo sin saber que habías venido al aeropuerto, no sé si a despedirme o a pedirme por última vez que me quedara. 

Elegí El Cairo para alejarme porque sentía que tenía que volver a casa, porque quería olvidarme de todo el tiempo en que mi casa habías sido tú. Prenderte fuego, limpiar los escombros, los restos de un naufragio inesperado, plantar un árbol en algún rincón de mi mente, algo que me recordara las raices que me negaba a tener.

Y sin embargo creía que estaba volviendo a casa, a mi habitación con vistas al Nilo, al barrio de ricos donde me pasaba los días alimentándome de zumo de mango y falafel. Las niñas haciendo collares con flores a la orilla del río, los hombres guapos con cruces  coptas tatuadas en las muñecas que me cruzaban de una parte a otra en sus barcas sucias, el señor que me ofrecía té cuando iba a la mezquita a buscar un sitio fresco y tranquilo donde pasar las tardes traduciendo cuentos. 

A mí solo me interesaban las fronteras porque eran los lugares donde sentía que podría llegar a desaparecer del todo. Atravesar el desierto, aprender a bailar medio desnuda en sitios prohibidos, esquivar la muerte como quien esquiva una bala a cámara lenta. 

Era la adrenalina de nuestros primeros años lo que echaba de menos. Te convertiste en una casa tranquila que me miraba con aspecto de suplicarme que no volviera a coger carrerilla. Ordenabas mis cajones y me abrochabas el último botón de la camisa. El que me ahogaba. El que nunca hay que abrochar. 

Habían pasado ocho años desde el día en que te expliqué los motivos por los que yo era tu mejor opción. Quizás decir que sí fue lo más valiente que harías nunca. Y dejar que me fuera lo más cobarde. No hubieras sobrevivido conmigo en El Cairo. Ni en ninguna de las otras ciudades donde aterrizaba en busca de la adrenalina que necesitaba para seguir avanzando. Salía volando como las flores de verano que me ponías en el pelo cuando todavía nos escondíamos para vernos. Salía volando siempre, convencida de que ya no necesitaba que estuvieras abajo esperando. 

Era la adrenalina lo que echaba de menos cuando me fui. Sentarme a tu lado a imaginar aventuras. Todos los "te imaginas..."  Todos los imposibles. Todos los muros que derribé a cabezazos para que al final acabarás así, como el hombre tranquilo que me abrochaba el último botón de la camisa mientras yo te miraba estupefacta sin reconocerte. 

Echar de menos la casa que fuiste. Prenderte fuego las veces que sean necesarias. 


domingo, 31 de marzo de 2019

SIN ARREPENTIRNOS


Tardaste ocho años en preguntarme si me arrepentía de algo.

Esperaste a que acabara el último examen de la carrera, a que llenara cinco páginas con mi letra pequeña y redonda hablándole de Mahmud Darwish a mi profesor de literatura, a que saliera a la calle pensando en Jerusalén sin ti, a que el viento me levantara la falda, a que fuera capaz de decir en voz alta lo que llevaba meses pensando. Que me iba. Que te vinieras. Que por qué no te venías. Qué por qué no me quedaba.

Que si me arrepentía de algo.

Claro que me arrepentía. De no haberte acorralado más veces cuando ibas a clase con tu bolsa marrón llena de papeles desordenados, de no haber entendido a tiempo que todas tus distancias solo eran pánico a las alturas. Tu indiferencia, tu cara seria, tu flequillo loco, tus ganas de salir corriendo en dirección contraria, los días en que no era capaz de diferenciar si estabas preocupado por tus cosas o enfadado conmigo. Me arrepentía de no haber entendido por qué me pedías que me quedara quieta. Siempre me moví mucho más rápido de lo que tu prudencia podía asumir. Mis quince años frenéticos. Era divertido ver como se te iba cayendo la armadura.

Los primeros cinco meses en el instituto, los siguientes tres años sin ti en clase pero contigo siempre, los últimos cinco años universitarios. Las tres partes de nuestro gran libro de aventuras.

Cinco meses sin respirar, sin dormir, sin pensar, sin sentido ¿Cómo podría arrepentirme de nada que no fuera no haber pasado más tiempo contigo? ¿Cómo podría arrepentirme de los siguientes tres años buscando escondites y subiendo a trenes para ir a verte? Cruzar fronteras, romper las reglas como nunca jamás lo he vuelto a hacer.

¿Cómo se me iban a olvidar cada uno de los días que dibujaron la historia que me ha traído hasta aquí?

Cada uno de los trenes a los que subí, los desiertos que atravesé, los mares donde pensé que me ahogaría, las bombas que conseguí esquivar, las manos que solté porque el peso no me dejaba caminar. ¿Hubiera sido tan valiente o tan insensata si no hubiera aprendido a sobrevivir a tu lado?

¿Me preguntarías ahora si me arrepentiré de todo lo que todavía está por llegar?


miércoles, 20 de marzo de 2019

SOBREVIVIR AL INVIERNO


Nunca me dijiste lo que tenía que hacer. Aunque te lo pidiera. Aunque necesitara que ordenases las piezas del rompecabezas. Era la parte del pacto que no escribimos nunca y que acepté por intuición, como todo lo demás, con los ojos cerrados y las manos extendidas para parar los golpes contra las paredes que aparecían de repente en medio de mi laberinto. Si quieres jugar a ser mayor, espabila, parecías decirme cuando perdía la brújula.

En realidad pensaba que no necesitaba brújula porque cerraba los ojos, porque confiaba a ciegas, porque siempre estabas al final de todos los pasillos que me daba miedo atravesar. Incluso cuando no estabas. Porque a veces no estabas. Y me intentabas convencer de que no importaba, que estaban las palabras y los recuerdos, que volvías enseguida porque el tiempo era mentira. Que siempre ibas a estar detrás de todas las oscuridades para recogerme. Y yo odiaba tus estúpidos discursos poéticos porque quería que estuvieras de verdad, que no fueras metáfora, o cualquier otra maldita figura retórica. Como si todas las metáforas del mundo pudieran compararse a cogerte de la mano. Como si todos los recuerdos de mundo pudieran compararse a tenerte cerca.

Nunca me dijiste lo que tenia que hacer. Ahora creo que no tenías ni idea. Improvisábamos. Yo soñaba con auroras boreales y tú coleccionabas silencios y palabras a medio decir. Yo salía a buscar la primera amapola de la primavera y te explicaba con detalle dónde la había visto, lo bonita que era, lo feliz que me sentía cuando veía las amapolas. Ahora te hubiera enviado todas las fotos de la primera amapola. Ver la primera amapola de la primavera era la señal de que habíamos sobrevivido al invierno. Te pedía que vinieras conmigo a explorar pero tú preferías quedarte en casa y que te lo explicara más tarde.

¿Cuándo dejaste de estar al otro lado de los miedos, esperando para recogerme? ¿Cuándo dejé de buscar amapolas?

Te regalé una brújula porque pensaba que la necesitabas más que yo. Me gustaba cuidar de ti y estar, algunas veces, al final de tu propio miedo. El que no querías enseñarme. El que yo sabía que tenías. Matar todos tus monstruos. Que no me esperases y estar allá, con el machete de exploradora, dispuesta a cortar todas las cabezas que me impidieran protegerte. 

Cogerte de la mano por sorpresa, hablarte de las amapolas, decirte que todo iba a salir bien aunque no tuviera ni idea de nada. Romperte los esquemas, ordenar las piezas, sobrevivir al invierno.




jueves, 7 de marzo de 2019

ABISMOS


Pienso en los abismos.

En Milton y su paraiso perdido cuando Satanás gritaba “levantaos o permaneced caídos para siempre”, en ejércitos de ángeles intentando ordenar el caos y la noche mientras Dios exclamaba que el abismo era Él mismo, en el vértigo reconocible de saberse cerca de los límites, los bordes de la realidad plegándose sobre si misma hasta convertirse en la pelota con la que juegan los perros de todos los dioses que alguna vez decidieron existir.

Quizás en algún momento estuve a punto de saltar como tantas veces, de arrastrarte conmigo como hacía siempre y me hiciste notar que había un puente cerca. Cruzar al otro lado por el camino fácil, seguro, sin riesgos. Mi puente era de cuerdas y tablones, de los que se rompen antes de llegar al otro lado, de los que te obligan a aguantar la respiración y descubrir con sorpresa que al final has sobrevivido. Tú me hacías mirar un poco más allá. A tus puentes de piedra, coronados por ángeles perfectos, la mirada serena hacia el horizonte, petrificados en un sueño eterno de vigilantes de abismos. Y me cogías de la mano y me llevabas hasta el puente porque no querías vértigos ni saltos al vacío.

No era verdad que mis saltos fueran al vacío. Tenía la certeza de saber exactamente hacia dónde iba, con mi brújula y mis mapas, bordeando las fronteras marcadas, despistando a los guardianes de la falsa moral, escondiéndome en los márgenes o fingiendo un disfraz de niña perfecta que esperaba el momento de incendiar el teatro donde todos fingían, donde todo el mundo traicionaba sus deseos, cambiaba sueños por pesadillas, vértigos por puentes de piedra. Odiaba sus caminos marcados, el camino de baldosas amarillas que Dorothy tenía que recorrer para llegar hasta el mago de Oz y descubrir finalmente que era un gran impostor. Era mucho más divertido utilizar los zapatos rojos de la bruja para recorrer otros caminos. Qué le den a Kansas, que le den a Dorothy, que le den al Mago mentiroso.

Sé que nunca dejaste de quererme pero sí dejaste de necesitar el vértigo de cuando nos escondíamos, de cuando planeábamos citas en sitios lejos de casa, de cuando todo te provocaba el espanto de quien jamás ha caminado fuera del camino marcado. Porque decías que ya no hacía falta, porque pensabas que todo lo hacía porque no había otra manera, porque si de repente ya éramos mayores para qué seguir jugando. Intenté que recordaras por qué habías aceptado seguirme y tú solo me abrazabas como si así pudieras evitar que saliera volando. Ojalá no se te hubiera olvidado cómo volar. Ojalás nunca se te hubiera olvidado cómo brillabas cuando éramos clandestinos, fugitivos, exploradores de los límites marcados.

Quizás nunca vaya a perdonarte que no creyeras que mi vértigo era compatible con tu calma. Que se me pasaría, que al final entendería que era mejor cruzar por el puente de piedra y dejar de saltar. Quizás nunca vaya a perdonarte que intentases domesticarme. Quizás ha llegado el momento de vomitar todos los abismos que nunca llegué a cruzar.


jueves, 28 de febrero de 2019

EL DÍA QUE TE SAQUÉ A BAILAR


Será que el tiempo nos vuelve prudentes y temerosos. El tiempo que nunca pensamos que nos ganaría. El tiempo que nos aplasta y consigue que traicionemos todas las promesas sobre la valentía que hicimos cuando pensábamos que lo sabíamos todo.

Será que a veces me acuerdo de aquella vez que decidí organizar un baile en el instituto porque me parecía que Regreso al futuro era la mejor película del universo y desde entonces vivo obsesionada por los viajes en el tiempo y los bailes en gimnasios de instituto. De vez en cuando me atravesaba un rayo de inspiración cósmica y se me ocurría una idea maravillosa que alteraría el orden natural de nuestros días de instituto. Me dirigía decidida al despacho del director que cuando me veía entrar con los ojos brillantes disimulaba media sonrisa, resoplaba y se ponía cómodo en su silla. “Antonio, tengo una idea genial”.

Además del director del instituto era mi profesor de geografía. Solía saltarme sus clases para ir a buscarte. Recuerdo sus mapas y todos los ríos de África porque soñaba con que algún día tu y yo esquivaríamos juntos cocodrilos y pirañas mientras remábamos rumbo a cualquier sitio en una barca destartalada. Soñaba con cualquier cosa arriesgada que pudiéramos hacer juntos mientras tú me pedías la vida tranquila que era imposible que tuviéramos.

Antonio, tengo una idea genial” le decía al director. Era el mejor director del mundo. Cuidaba de mí sin que yo lo supiera, me reñía con la delicadeza de quien era consciente de todos los mundos que colisionaban dentro de mi mente inquieta. No sé si algún día llegó a sospechar dónde me escondía y con quién cuando no iba a sus clases pero cuidaba de todos nosotros y escuchaba mis planes de organizar bailes en el gimnasio como en Regreso al futuro.

Ponía cara de director y me explicaba todos los inconvenientes y dificultades de llevar a cabo mi idea. Pero mi gran especialidad siempre fue adelantarme a todos los movimientos de mi adversario y desplegar ante él todas las soluciones a cualquier problema que me planteara. Antes de aparecer en el despacho ya había organizado los grupos de alumnos que se encargarían de todo y había convencido a los profesores que sabía que me dirían que sí. Tenía preparados los horarios, el grupo de música que tocaría canciones de hoy y de siempre, el DJ, la decoración, la bebida y la comida y el objetivo oficial del baile: conseguir dinero para nuestro viaje de final de curso.

El objetivo extraoficial siempre fue ponerme un vestido azul, que te pusieras mi camisa favorita y sacarte a bailar lo más agarrado posible. Ningún foco nos iluminó pero a mí me parecía que sí, que todo se paró a nuestro alrededor cuando te pedí que bailaras conmigo Stand by me de Ben E. King y me dijiste que sí aunque llevabas toda la tarde pidiéndome por favor que no te sacara a bailar. Bailábamos en casa, bailábamos a todas horas, descalzos, encima de la cama, subidos a la mesa de la cocina, bailábamos como pájaros eléctricos, como si huyéramos de las tormentas que nos perseguían, bailábamos lento aunque la música fuera rápida solo por llevar la contraria. Pero me pediste que no te sacara a bailar delante de todo el instituto porque todos tus miedos eran más fuertes que las ganas que tenías de huir conmigo por la ventana.

Y no te hice caso. Y me dijiste que sí no sé por qué. Y sonó Stand by me de Ben E. King porque era lo que quería decirte aquel día. Que no importaba si de repente todo se volvía oscuro si te quedabas conmigo. Que no importaban tus preocupaciones si me quedaba contigo.

Ningún foco nos iluminaba pero de repente todo el mundo dejó de bailar, se hizo el silencio y nos quedamos allí oh, darling, darling, stand by me… con mi vestido azul y tu camisa blanca, en medio de gimnasio, bailando como si lo hubieramos ensayado mil veces, como si nadie nos estuviera mirando, como si por fin te diera igual todo aunque solo fuera durante tres minutos de canción. Si la gente no hubiera estallado en gritos y aplausos cuando acabó quizás hubiéramos continuado toda la noche stand by me, ajenos a los cientos de ojos que nos observaban alucinados. Ganamos todos los premios, te moriste de vergüenza, empecé a obsesionarme con los viajes en el tiempo.

Con el dinero que ganamos organizando aquel baile nos fuimos de viaje de final de curso a París. En aquel viaje intenté colarme en tu habitación por la ventana de un tercer piso y casi me mato aunque eso pertenece a otra historia y merece ser explicado en otro momento.

¿Para qué llamar a la puerta y que me dejaras entrar si al final siempre eras mi vértigo y mi desafío?

domingo, 24 de febrero de 2019

CUANDO QUISE LLEVARTE A BAGDAD


En aquellos años de comunicación analógica te escribía notas en trozos de papel y te los pasaba en clase cuando creía que no nos veía nadie. Aunque era mucho más arriesgado, también te las hacía llegar cuando no estabas conmigo en clase. Abría la puerta de donde estuvieras, te la dejaba en la mesa y salía corriendo para perplejidad de todo el mundo y para susto tuyo. A veces las leías delante de mí, como medio escondido, ignorándome. Abrías mucho los ojos como si no te pudieras creer las cosas que te escribía. Lo que quería hacer contigo. La poesía y la prosa. Porque era verdad que no te lo podías creer. Jugaba a no tener nada que perder, a ponerte al límite, a subir de nivel.

Un día te dije que te quería llevar a Bagdad. Pasaba las horas sumergida entre las páginas de atlas anticuados, repasando continentes, ríos, ciudades, borrando fronteras, imaginando todos los sitios donde quería ir. Cuando te dije que quería llevarte a Bagdad fue tan inesperado que no tuviste más remedio que investigar mis motivos. Te llevé a nuestro rincón secreto y te hablé de Al-Mansur, el califa victorioso que construyó la ciudad de Bagdad en el siglo VIII y la llamo la Ciudad de la Paz. Una ciudad circular, redonda, perfecta, la antigua Babilonia, entre el Tigris y el Eufrates donde según la Biblia se encontraba el Paraíso de Adán y Eva. Te hablé de las cuatro puertas de las murallas, de la Casa de la Sabiduría, te hablé de Harun Ar-Rashid y te expliqué cuentos de Las mil y una noches mientras te dejabas quitar la camiseta y me decías que sí a todo de puro desconcierto.

Durante la primera guerra del Golfo, me pediste que cambiara el mundo y que siempre revolución. Organicé todas las huelgas del instituto contra la guerra, salimos a gritar a la calle, me juntaba con universitarios y saliamos a pegar carteles y colgar pancartas, organizábamos conferencias sobre Oriente Medio, escribía tu nombre en árabe y soñaba con un mundo en paz que construia para que te sintieras orgulloso. Para tener algun lugar entre el Tigris y el Eufrates donde llevarte. Porque lo fácil nunca fue una opción.

De todas las cosas que te escribía en mis notas lo que realmente te hizo bajar la guardia fue que quisiera llevarte a Bagdad como quien te invita a merendar a la cafetería de la esquina. Porque te gustaban mis mundos paralelos, mis planes absurdos y perfectamente tramados, con todos los detalles que sin duda nos conducirían al éxito. Te dejabas convencer porque te llevaba a sitios imposibles sin salir de casa. Me explicabas que releías mis papelitos locos cuando estabas triste o cansado, que me imaginabas estudiando física y te morías de la risa. Porque yo tenía un método absurdo e infalible para estudiar física que hubiera horrorizado al profesor pero que a ti te parecía escandalosamente divertido y apropiado para mi mente dispersa. Que me imaginabas salvando al mundo de todos los males mientras guardabas mis papelitos en una caja de cartón especial. Que no acertabas nunca a ponerte la camiseta a la primera cuando me decías que tenía que volver a clase.

Te dije que te quería llevar a Bagdad porque era el sitio más extraño y más bonito que imaginaba mi mente de exploradora sin mapas. Porque necesitabas algo que te hiciera despertar de tu rutina y no lo sabías. Y se te olvidaron todos los miedos y me dijiste que sí a todo desde entonces.

jueves, 21 de febrero de 2019

JAZMINES


Antes de cumplir los dieciocho estuve a punto de morir. Era verano y los jazmines crecían en la terraza de tu casa. Comprábamos botellas de ginebra y chocolate con almendras en una tienda pequeña de tu barrio porque me caía bien el vendedor y se parecía a una tienda que había visto una vez en una de tus películas en blanco y negro. Comíamos pipas, bailábamos raro y nos pasábamos las noches medio desnudos. Te explicaba cómo pensaba seguir viéndote en otoño aunque te fueras del instituto. Te asustabas con mi larga lista de evidentes irregularidades y yo te pedía que confiaras en mí. Elegías los jazmines más bonitos de tu terraza y me los ponías en el pelo.

No recuerdo por qué me fui de tu casa la noche en que estuve a punto de morir. Cogí tus botellas de ginebra y salí a buscar a mis amigos con el pelo lleno de jazmines. Seguramente te prometería que nos veríamos al día siguiente y que no te comieras todas las pipas y que besos y abrazos y cosas. Y seguramente mis amigos y yo nos bebimos todas las botellas y seguramente el conductor novato del coche destartalado con el que íbamos de un pueblo a otro en aquellas noches de verano también bebió.

Los recuerdos se mezclan con la imaginación. La sangre, el dolor, la frontera difusa entre la consciencia y el desvanecimiento, alguien que me pedía que no me durmiera, repetir tu nombre como un mantra para mantenerme a este lado de la existencia. Casi todo el tiempo que pasé en el hospital estuve inconsciente o medio dormida. Sé que venías a verme porque en los momentos en que estaba despierta siempre había jazmines cerca de mi cama y porque mis padres me explicaron más tarde lo amable y lo atento que eras y lo preocupado que parecías. Y porque mi amiga la llorona me puso al día de todo lo que hiciste mientras estuve en el hospital. De lo valiente que fuiste.

Agoté todos mis sueños mientras me esforzaba por no morirme. Soñaba con ciudades incendiadas, escuchaba de lejos idiomas antiguos, reconocía desiertos y mezquitas que se alzaban ante mí como una premonición, recorría pasados lejanos donde existías con otros rostros y me invitabas a conquistar tierras desconocidas a lomos de caballos negros. Creo que a veces descubría futuros incomprensibles. Se me aparecían detrás de una niebla espesa, como una cortina que alguien cerca me sugería no abrir. Escuchaba nombres de personas desconocidas que se instalaban en algún lugar de mi memoria como bombas latentes, esperando el momento oportuno en que serían pronunciados y los recordaría desde mi propio pasado. Morirse es extraño. Intentar no hacerlo todavía más.

Sobrevivir a la inercia y al cansancio a base de visiones de todo lo que todavía estaba por venir o de recuerdos de otros mundos. Cuando desperté decidí olvidar que no estabas en ninguno de los futuros que se habían entremezclado con mis recuerdos.

Desde entonces trenzo los hilos de las múltiples verdades que se mezclan en mis sueños y mis pesadillas. Ordeno universos mientras se deshacen los futuros que todavía nadie ha imaginado. En el fondo echo de menos tener jazmines cerca. Aunque no sean los tuyos,


domingo, 17 de febrero de 2019

NO TE ECHO DE MENOS


Hace mucho tiempo que no te echo de menos. Pero cada vez que echo de menos a alguien a quien quiero, recuerdo lo que significó en nuestras vidas que yo me subiera a aquel avión rumbo a cualquier sitio lejos de nosotros.

Tardé quince días de finales de enero en convencerte de que yo era la mejor opción para ti. Un día por cada uno de los años que tenía. Quince días de insistencia, de buscarte a todas horas, de certezas absolutas, de estrategias diseñadas con habilidad de cirujana adolescente. Quince días para descoser todas tus costuras, deshacer todas tus dudas, destruir todos tus miedos, desconcertarte hasta que te olvidarás de quién eras. Dejarte en carne viva. Derribar tus murallas. Lo conseguí.

Quince días para que dijeras que sí. Cinco meses escondiéndonos en las esquinas de lo impredecible. Tres años rompiendo todas las reglas. Cinco años riéndonos de todos.

Cuando yo decidí irme y tú quedarte, agotamos todas las palabras, todos los porqués, todas las razones y argumentos, nos besamos hasta no creernos que yo me iba y que tú no querías venir, nos volvimos a tumbar boca arriba en tu cama deshecha como las primeras veces, cuando me abrías la puerta y me hacías escuchar tu canción favorita y yo te llevaba galletas y mandarinas. Como cuando te quería tanto que me imaginaba que nos quedábamos quietos como reptiles, con la mirada fija en un punto del espacio, del tiempo, de la realidad alternativa en la que vendrías conmigo en cualquier avión que tomase. Que nos latía el corazón lento y se paraba el tiempo, que solo tenía ganas de romperlo todo, de llenarlo todo con la rabia que me cortaba la respiración hasta que me contabas los dedos de las manos para hacerme volver. Siempre el mismo escalofrío en el aterrizaje. Yo quería volar y tú siempre conseguías que volviera.

Hace poco mi mejor amiga, la que se pasó nuestros primeros años de desenfreno tapando nuestras huidas, me contó que viniste a despedirme al aeropuerto el día en que me fui y que no te vi. Reconstruir mi personaje mientras el avión despegaba rumbo al desierto que se convertiría en mi hogar. Redefinir mis nuevas fronteras, respirar lento, detener el corazón, caminar despacio entre la niebla de una nueva realidad que todavía no se había dibujado a mi alrededor. Decidí que nunca más volvería a cometer todas las locuras que me habían llevado hasta aquel momento. Decidí que no te echaría de menos aunque te quisiera siempre.

No te echo de menos pero te recuerdo a través de las personas a quienes echo de menos cuando vuelve de nuevo aquella sensación de velocidad, de vértigo, cuando paro en seco, cuando vuelvo a coger aviones dentro de mi mente para escapar de las garras de una realidad que siempre acaba ganando. Ojalá me acordará de cómo era cuando conseguía derribar todas tus murallas. Te reconozco a veces en mis propias palabras, en otros ojos, en otro siglo, en la sensación lejana de un eco que de nuevo consigue dejarme sin respiración. Te reconozco en la lucha diaria por recuperar el equilibrio. La lucha entre el corazón desatado y la calma que me atrapa como una tela de araña invisible y traicionera.

Nunca te he explicado cómo empezó mi vida en el desierto. Nunca te he explicado todas las fronteras que he cruzado buscando tesoros desde que me fui, todas las veces que he estado a punto de desaparecer por fin, todas las veces que me han apuntado con un arma, todos mis disfraces, todas mis batallas, todas mis coartadas, todas las veces que fui feliz con gente que no eras tú, todas las veces que escapé de la normalidad que pretendían imponerme, de los amores aburridos, del camino seguro.

Y que nunca he querido volver a verte desde que dejaste que me fuera.


domingo, 10 de febrero de 2019

TU VIDA TRANQUILA, MI DESCONTROL


Elegir la música era un ritual al que dedicábamos tiempo y artesanía. Tú tenías dinero para comprar discos y yo conseguía las cintas de cassette en la biblioteca pública. Te prestaba mi walkman rosa para que escucharas mis canciones preferidas, las que tenían que ser tuyas porque eran mías. Algunas no te gustaban demasiado pero yo te grababa mis propias selecciones en cintas que compraba en una ferretería de mi barrio y eso sí que te gustaba. Elaboraba las portadas de las cassettes con papeles de colores, me inventaba los títulos, hacía dibujos feos que yo quería que fueran bonitos pero siempre me salían feos, ponía las canciones en el orden lógico en que debían ser escuchadas para que se entendiera lo que te quería decir cuando no era suficiente con decírtelo. Casi era capaz de adivinar qué canción no te gustaría demasiado pero entonces diseñaba una libretita con las letras de las canciones y subrayaba concretamente el trocito importante de la canción que no te gustaba para que entendieras por qué tenías que escucharla.

Te gustaban mis libretitas con letras de canciones y mis cintas grabadas porque te gustaba yo. Les dabas vueltas en las manos y las mirabas por todas partes con cara de no creértelo. De repente levantabas la cabeza, entornabas los ojos y me preguntabas si no tenía que haber estado estudiando para no sé qué examen en vez de hacer aquello. Y me enfadaba un poco porque dudabas de mi capacidad para estudiar mientras diseñaba portadas de cintas de cassette en paralelo. Tremenda injusticia.

Tú también me grababas canciones en cintas de cassette que incluían clases extras de inglés tirados por los suelos de tu casa. Pero lo que más te gustaba era escuchar tus discos conmigo. Sacabas el tocadiscos de su mueble y lo llevabas al dormitorio. Te ponía un poco nervioso sacar el tocadiscos del mueble y ponerlo en la alfombra pero a mí me gustaba sentarme en el suelo de tu dormitorio. Me quitaba los zapatos y si hacía frío me ponías una manta de colores por encima y te acurrucabas a mi lado con los ojos cerrados. Siempre tenía frío aunque encendieras el radiador. Cuando estabas cerca un poco menos. Siempre tengo frío. Me gustaba tu manta y que te sentaras muy cerca y que me rodearas con montañas de discos y que eligieras las canciones que querías que escuchara porque tenían mensajes ocultos que hablaban de nosotros aunque fueran canciones viejas. Era nuestra lucha secreta contra un universo que hacía todo lo posible para que no nos encontraramos. Queríamos que todas las canciones hablaran de nosotros porque eso nos hacía sentir un poco más fuertes, un poco menos desolados.

Los fines de semanas salía con mis amigos y en algún momento de la noche ponía tus canciones en el radiocassette, contaba botellas vacías y acababa abrazando a cualquiera, esperando, sin éxito, que alguien oliera como tú. Fuiste la banda sonora de todas mis huidas. La necesidad oscura de encontrarte al final de todas mis noches adolescentes.

Tu vida tranquila, mi descontrol. Que me abrazaras en el punto medio para conseguir que volviera a respirar cuando la velocidad de mi propia existencia me dejaba sin aire. Aprender a no ponerte en peligro, a protegerte siempre, a no hablar de ti. Que confiaras en mí cuando te llamaba de madrugada desde una cabina y no entendías lo que te decía. Que no te importara porque sabías que llegarían los lunes y nos iriamos a nuestro sitio escondido a filosofar y a besarnos. A reirnos hasta que nos doliera la barriga. Que siempre estaría. Que siempre estaríamos. Que las canciones siempre hablarían de nosotros. De tu vida tranquila, de mi caos y mi vértigo. De tu manera de cogerme de la mano para que no saliera volando, para que nada me doliera demasiado cuando no estuvieras.