domingo, 26 de mayo de 2019

LAS CIUDADES QUE ODIO


Nostalgia es saber que en Beirut hace sol, que llueve en Londres, que hoy a las dos de la mañana alguien abrirá una ventana en El Cairo y mirará el Nilo mientras bebé karkadé. Odio el karkadé. Podría volver a cualquier sitio y encontrar todas las pistas que dejé por si algún día era necesario perderse. Nostalgia es saber que en Verona está nublado y hace calor y se derriten los helados y hay una cola de gente estúpida esperando para visitar a la casa de Julieta y hacerse fotos debajo de su balcón y ensuciar las paredes con promesas de amor mediocre. Odio eterno a los amores mediocres. Que en Beirut hace sol. Que en Londres llueve.

Que la nostalgia es la trampa que se esconde detrás de todos los paisajes que es necesario reinventar. Que la espiral del recuerdo nos escupe a la cara para que huyamos en dirección contraria. Volver a todos los sitios donde estuve, volver con la cara lavada, los armarios vacíos, como si fuera la primera vez, la sorpresa a cada paso, las puertas abiertas a sitios desconocidos. Revisar la lista de cosas que prometí que nunca haría e ir tachándolas con furia, hacer que sangren los pliegues del tiempo, devolver a la vida todos los monstruos que se escondían en los márgenes de lo imposible y dedicarles una reverencia antes de saltar al vacío. Todo lo que prometí no hacer nunca. La paradoja que apagará todas las estrellas, un punto fijo en la frontera del destino. Quemar la lista de las cosas imposibles.

Hay ciudades que odio. Odio El Cairo y las ventanas abiertas a las dos de la mañana. Odio aquella ciudad marroquí donde he vuelto mil veces y donde he jurado no volver otras mil. Odio París porque no he conseguido crear recuerdos nuevos en ninguna de sus esquinas. Las esquinas son importantes. Como lo son los dinteles de las puertas, los espacios intermedios, ni entrar ni salir, quedarse en la frontera, en el punto exacto donde desaparecen los duendes en los cuentos de hadas.

Habrá que inventar una palabra para definir lo contrario de nostalgia, para explicar lo que significa subir a un tren que no sé adónde va, que recuerda a un pasado lleno de futuros. Volver a bautizar las ciudades que odio. Inventar nombres. Nombrar un mundo nuevo.

Aunque en Beirut haga sol. Aunque llueva en Londres. 
Aunque viva siempre en las fronteras de lo que nadie entiende.

miércoles, 15 de mayo de 2019

LABERINTO CRUSH 1


Algún día dejarás de ser laberinto, el desconcierto que altera todas las certezas, el vértigo escondido en las esquinas, todas las verdades a medio decir, el tiempo brillando en el espejo que debí romper antes de que fueras el reflejo exacto de todo mi desorden.

Negaré entonces haber reconocido las advertencias, los gritos silenciosos de los demonios muertos susurrándome al oído que te dejara caer, como se dejan caer los futuros imposibles, increados, inconclusos, infinitos. Futuro imperfecto todavía no explicado, todavía no roto. Escapar en dirección contraria a todos tus eclipses.

Algún día dejarás de ser el laberinto frío donde acaban los caminos que recorro mientras duermes, el desierto lunar o el espacio vacío en medio de un cuerpo que huye en dirección contraria a tus horizontes. Nos olvidaremos de todas las batallas, de los espejismos fugaces como planetas desorbitados. Llegarán de golpe todas tus primaveras, como un incendio de ruegos olvidados, llegará el otoño y acabará esta guerra de tormenta repentina, de escalofrío, de rabia inconfesable. Como si la vida fuera algo más que un corazón a medio hacer o un pan pequeño que no sabes si acabará de cocerse alguna vez. La ley no escrita, no viva, no siempre, las palabras que brotan para dictar sentencias, para recordarnos las realidades que asesinarán cualquier metáfora. 

Tú, el laberinto. La explicación que nunca te daré.

El amor escondido en el refugio del monstruo al que nunca podremos acercarnos. Muerto de hambre. Muerto de frío. Muerto de silencios.

A veces perder la guerra consiste en dejar morir la metáfora, la indecencia, la utopía cansada de guardar en un cajón todos los laberintos que nunca podré explicarte.



martes, 14 de mayo de 2019

CITA CON AGATHA CHRISTIE


A veces la vida en El Cairo me asfixiaba. Era el Egipto de antes de la Revolución, cuando todavía me podía escapar al desierto y acariciar antiguos iconos dorados en monasterios lejanos. Pero de vez en cuando necesitaba escapar del polvo de la ciudad, del ruido y el desorden que compensaban mi propio desconcierto. A veces necesitaba ponerme un vestido bonito, perder un paraguas, oler la hierba recién llovida, buscar el primer avión que me llevara a Inglaterra. Mi compañera de piso siempre me hacía la misma broma. ¿Ya te vas a tomar el té con la reina? Y yo siempre contestaba lo mismo. Con la reina Victoria. Y prometía que me guardaría mi habitación con vistas al Nilo hasta que decidiera volver.

Los vuelos a Manchester me permitían cumplir mi palabra. Pedía un te para llevar y me sentaba lo más cerca que podía de la estatua de la Reina Victoria. Lo más cerca que podía teniendo en cuenta que a sus pies duermen todos los borrachos de la ciudad. Nunca me quedaba demasiado tiempo en Manchester. Lo justo para visitar la biblioteca de John Rylands, tomar el te en la Richmond Tea Room y, si tenía sitio donde dormir, buscar un bar donde escuchar en directo algún grupo que quisiera parecerse a The Smiths.

Pero lo mejor de Manchester siempre fue el tren que me llevaba a York. Poco más de una hora de viaje, dos si decidía ir directamente desde el aeropuerto, para llegar a mi escondite favorito. Justo en el centro de la isla. A la misma distancia de Londres que de Edimburgo. El sitio perfecto para alguien que quería estar siempre en cualquier otro sitio. A la misma distancia de casi cualquier sitio. Siempre buscando el centro.

York eran los paseos por la murallas buscando ecos de fantasmas medievales, pasar el rato en el jardín-cementerio de mi iglesia favorita, escondida en un rincón inesperado, sentarse en la hierba que crece en la parte de detrás de la catedral, pasar por delante de Betty’s sabiendo que las mejores meriendas están en otro sitio, más pequeño, menos famoso, más mío. Jugar a ser vikingos, conquistar la ciudad, subir a la torre más alta, comer tailandés en los Shambles, recorrer todas las calles descifrando secretos y hechizos, inventarse historias de duendes perdidos, maldecir los horarios ingleses, las cenas a las 7 de la tarde, el frío del atardecer. Acostumbrada a las largas noches egipcias paseando por la orilla de Nilo a veces resultaba un poco difícil calcular las horas de las meriendas y que no se cruzasen con las horas de los vinos.

Recuerdo a Johnny que me alquiló una habitación en su casa. Una habitación tranquila y bonita en el ático. Olía a madera y por las mañanas entraba el sol inglés, tímido y escaso. El comedor de aquella casa siempre era una sorpresa de gente diferente, ahora coreanos, luego escoceses, más tarde italianos… Nunca fui su invitada más sociable. A menudo desaparecía los fines de semana. Pero guárdame la habitación, Johnny, que el domingo vuelvo, le decía siempre pensando que cualquier día llegaría de explorar el territorio y me encontraría algún francés durmiendo en mi cama. Y Johnny se reía y me guardaba la habitación. Johnny, no me esperes a cenar que llegaré un poco más tarde. Porque a veces necesitaba quedarme un rato más en mi ciudad vikinga, no volver todavía a casa,  aunque todo estuviera cerrado y solo pudiera refugiarme del frío verano inglés en algún pub de gente bebiendo cerveza. Al final Johnny entendía que no me pasaba nada, que solo necesitaba estar un rato sola, que estaba todo el día rodeada de gente en la universidad, que le agradecía todos sus intentos por asegurarse de tenerme siempre ocupada pero que de vez en cuando necesitaba estar sola o por lo menos estar sin él. Chica egipcia, Cleopatra… me llamaba, tienes demasiado desierto en la cabeza.

No siempre que llegaba a York encontraba alojamiento en casa de Johnny. Ni en ningún otro sitio. A no ser que quisiera dormir en su sofá. Mi ciudad favorita de Inglaterra no trata bien a los que improvisamos. Por eso algunas veces buscaba donde dormir en Leeds, a veinte minutos en tren de York. No tan bonita, no tan vikinga pero más grande y por lo tanto con más hoteles.

Tanto Leeds como York me permitían explorar los alrededores con cierta facilidad. Llevaba el caos de Egipto escondido siempre en algún lugar de la mente. A veces me desbordaba, me superaba, me olvidaba que estaba a salvo a las puertas de la catedral más bonita de Gran Bretaña. Mi estrategia para calmarme era calcular distancias en trenes. Mis distancias siempre eran temporales, nunca kilométricas. Porque mi cabeza está llena de desierto, de ciudades vikingas y de tiempo. Sobre todo el tiempo que me obsesionaba.

De York a Leeds, veinte minutos.
De York a Harrogate, media hora.
De York a Knaresboroug, veinte minutos
De York a Edimburgo, dos horas y media.
De York a Liverpool, dos horas.
De York a Hebden Bridge, una hora y veinte minutos.

Lo repetía hasta que conseguía volver a respirar con tranquilidad. A veces los tiempos era mayores, hacia el este, hacia el sur... Calculaba las distancias, las idas y las vueltas, los trenes y los autobuses… Siempre preferí los trenes y por eso siempre me quedé con las ganas de visitar Whitby donde era más fácil llegar en autobús. Eran los tiempos en que calculaba las distancias en un mapa de papel que a penas era capaz de entender. Mi estrategia para sacar el ruido de mi cabeza. Los mapas. Hoy en día consulto la aplicación de la National Rail y su Planner. Todas las distancias, todos los horarios, todos los precios, todas las vías desde donde salen todos los trenes. Mucho más práctico. Pero lo práctico nunca consiguió ordenar el caos en mi mente.

Chica egipcia, Cleopatra… ¿hoy también llegas tarde a casa?

Intentar explicarle a Jonnhy que quería visitar sitios que casi nadie visita. Como por ejemplo Harrogate porque era el pueblo donde encontraron a Agatha Christie aquella vez que estuvo desaparecida durante diez días. Nadie supo nunca lo que pasó durante aquella desaparición. Ella nunca lo explicó. Los whovians lo saben gracias al episodio de El Unicornio y la Avispa, por supuesto.

No me esperes a cenar, Johnny, tengo una cita con Agatha Christie.




domingo, 5 de mayo de 2019

GRACIAS


Lo más parecido que hicimos nunca a morirnos fue besarnos por primera vez porque se te desbocó el corazón de tal manera que pensé que tendría que informar al conserje de que necesitabas una ambulancia. Te recuerdo mirando la puerta de clase con tanta fuerza que estaba segura de que en cualquier momento dispararías rayos láser por los ojos. Y te lo dije, que dejaras de intentar destruir la puerta con rayos láser, que quisieras o no necesitábamos aquella puerta para escondernos y que iba a ser un problema lo de dar explicaciones y que ya teníamos bastantes problemas y que no te preocuparas que lo tenía todo controlado. Puerta incluida.

Solo entonces reaccionaste. Porque solo reaccionabas cuando te decía que lo tenía todo controlado para mirarme con ojos de rayos láser que era casi lo mismo que decir que de repente te acordabas de que nada de lo que hacíamos tenía sentido. Con el tiempo aprendí a dosificar mis afirmaciones de tenerlo todo controlado porque era mucho peor tener que aguantar tus ataques de responsabilidad que asumir que éramos incapaces de controlar nada. Cuanto antes asumas que esto es un descontrol, mejor, te decía. Y aún así te quedabas. 

Te arreglabas el flequillo, te limpiabas las gafas con la manga del jersey y fumabas asomado a la ventana con ese aire de no entender nada que tenías siempre. A veces conseguía robarte el tabaco y los mecheros y te los tiraba a la basura y te llenaba las cajetillas con pipas de loro para que te entretuvieras. Pero nunca conseguí que dejaras de fumar.

La puerta. La puerta de la clase donde conseguí besarte por primera vez sin que salieras corriendo sí que la tenía controlada. Nadie podría entrar hasta que yo no quitara el trocito de clip con que el que impedía que la llave funcionara. Nadie podría entrar ni salir, de hecho. El trocito de clip que se quedó atascado en la cerradura y la inutilizó. Y se acabó la hora del patio y ni ellos podían entrar ni nosotros podíamos salir. Por eso creo que lo más cerca que estuviste de morirte fue la primera vez que nos besamos. Primero por el susto de lo inesperado y después porque el conserje tuvo que desmontar la puerta para que pudiéramos salir de clase como si no hubiera pasado nada porque por supuesto que estábamos repasando para un examen y no teníamos ni idea de qué le había pasado a la puerta.

En realidad todo estuvo lleno de primeras veces enloquecidas. Todas las primeras veces que tuve que convencerte de todo. Siempre el corazón al galope. ¿Cuántos latidos gastaste mientras estabas conmigo? Seguro que hay alguna leyenda india o japonesa o lapona que explica algo parecido a que venimos al mundo con un número concreto de latidos. Y cuando se acaban, se acaban. Seguro que en alguna biblioteca perdida debe haber un libro polvoriento que lo explica. Es posible que incluso exista un sitio entremundos donde alguien lleve la cuenta de nuestros latidos. Y cuando se acaban te mueres. Y no hay negociaciones. El tipo que lleva la cuenta es implacable. La culpa es tuya por provocar taquicardias, ahora no vengas pidiendo prórrogas. Se ha muerto y punto. Se acabaron los latidos. Haber ido más despacio.

He paseado por tantos cementerios buscando tumbas... En París, el cementerio de Père-Lachaise buscando a Isadora Duncan y su libertad de bailarina descalza y despeinada, el de Montparnasse buscando a Cortázar, querido cronopio, el de Scarborough, lleno de cuervos, para comer un sandwich de queso y mermelada de arándanos junto a la tumba de Anne Brontë. Ángeles de piedra recortados contra cielos grises y azules. Fechas grabadas en piedras cubiertas de musgo. El cementerio de mi iglesia favorita de York, pequeña y escondida, donde tantas veces he parado a descansar.

Nunca pasearé por ningún cementerio buscando tu tumba. 

En algún otro libro de páginas amarillas, en alguna biblioteca preciosa, debe haber otra historia que explique que la culpa no es de nadie, que no conseguí que dejaras de fumar, que al final no conseguimos ser nada más que un recuerdo lejano, que a lo mejor nunca te perdoné que no volvieras a buscarme, que tengo el corazón lleno de todos los desiertos, montañas, pueblos, monasterios y fronteras que visité sin ti gracias a que no viniste a buscarme, que en el fondo sé que no era contigo con quien tenía que atravesar los desiertos, ni subir las montañas, ni morirme de miedo cruzando lagos en barcas enclenques. 

Tu aventura fue dejar que te besara por primera vez en una clase vacía a la hora del almuerzo. La mía, todo lo que ha venido después. Todo lo que vendrá. Que estoy aquí, en este preciso momento, en este preciso lugar, gracias a que nunca viniste a buscarme cuando me fui, en aquellos tiempos extraños sin teléfonos ni internet. 

No me esperes levantado. Gracias. Muchas gracias.

Siempre valen la pena todos los corazones desbocados.  




miércoles, 24 de abril de 2019

IDIOTA Y VALIENTE


A menudo eras un misterio de silencios y distancias.

Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que te rompiste, que lloraste todo lo que estaba por llegar, que me pediste que me quedara y me quedé porque me hubiera quedado aunque me hubieras echado a gritos, la primera vez que te desnudaste lo suficiente como para entender que te estaba pidiendo imposibles y lo estabas aceptando, que a veces no necesitabas verme a tu alrededor danzando como una abeja enloquecida pensando en el siguiente salto. Que a veces era necesario simplemente que me sentara a tu lado y te quisiera así, serio, preocupado y un poco perdido. Ordenar tus demonios interiores hasta que te convencía, desde la calma que tuve que aprender a encontrar, que tus preocupaciones iban a desaparecer por arte de magia si me quedaba cerca. Que me dejaras. Que te dejaras. Era fácil convencerte, en realidad.

Sonreías un poco, ordenabas la mesa y me preguntabas si no tenía algún examen para estudiar. Era tu odiosa manera de cambiar de tema. Y me dejabas tu boli de la suerte y me preparabas un plato con galletas y te sentabas a mi lado rodeado de libros y libretas haciendo como que trabajabas, mirándome de reojo, aguantándote las ganas de interrumpir mi falsa concentración.

No me di cuenta de que me querías de verdad hasta que me dijiste que no podías más. Te miré con cara de no entender nada y te lo hice saber. “Te estoy mirando con cara de no entender nada, con cara de estar en clase de mates, con cara de estar mirando una película de esas que te gustan a ti” Porque yo a veces era un poco idiota y te hablaba así. Y es cierto que en ese momento no entendía nada pero nos ayudaron los demonios que llevaba tanto tiempo ayudándote a ordenar. Se me cayó un botón de la camisa y te rompiste como un vaso de cristal. Creo que fue la primera vez que te vi llorar de auténtica tristeza. Al día siguiente me dijiste que el botón te había recordado el viaje a Madrid con el instituto, cuando nos escapamos por primera vez con la excusa de que a lo mejor nos moríamos pronto y no podíamos perder el tiempo y perdí un botón del bolso y me compraste un botón muy feo que a ti te parecía muy bonito.

Y yo seguía siendo idiota y seguía sin entender nada porque todo me parecía una fiesta a tu lado y no entendía por qué estabas tan serio y me hablabas de botones y temblabas. Por qué no podías más y querías que me fuera aunque me acababas de pedir que me quedara. Supongo que vi el futuro, un futuro en el que era un poco menos idiota. Supongo que si me hubiera ido hubiéramos vuelto a nuestras vidas sensatas y tranquilas de gente que no pierde botones ni se escapa de los sitios. Supongo que durante una milésima de segundo entendí lo qué te estaba pasando y me quedé.

A lo mejor me querías mucho más que yo a ti. Porque te pedía imposibles y aceptabas. Porque todo me parecía fácil y me decías que sí, muerto de miedo, valiente hasta el final. Incluso cuando lo único que querías era una vida tranquila comiendo galletas mientras me ayudabas a estudiar en tu mesa desordenada. Incluso cuando yo me comportaba como una idiota y no me daba cuenta de que me necesitabas.

Tardé en entender el valor real de todas las veces que me dijiste que sí, de todos los obstáculos que ignoraste, de todas las veces que dejaste que te cogiera de la mano en silencio, solo para que te dieras cuenta de que estaba allí, que por supuesto que estabas a salvo, que no pasaba nada aunque nos pasara de todo.

Siempre serás la persona más valiente de esta historia.


jueves, 11 de abril de 2019

ADRENALINA

Subí triste a aquel avión rumbo El Cairo sin saber que habías venido al aeropuerto, no sé si a despedirme o a pedirme por última vez que me quedara. 

Elegí El Cairo para alejarme porque sentía que tenía que volver a casa, porque quería olvidarme de todo el tiempo en que mi casa habías sido tú. Prenderte fuego, limpiar los escombros, los restos de un naufragio inesperado, plantar un árbol en algún rincón de mi mente, algo que me recordara las raices que me negaba a tener.

Y sin embargo creía que estaba volviendo a casa, a mi habitación con vistas al Nilo, al barrio de ricos donde me pasaba los días alimentándome de zumo de mango y falafel. Las niñas haciendo collares con flores a la orilla del río, los hombres guapos con cruces  coptas tatuadas en las muñecas que me cruzaban de una parte a otra en sus barcas sucias, el señor que me ofrecía té cuando iba a la mezquita a buscar un sitio fresco y tranquilo donde pasar las tardes traduciendo cuentos. 

A mí solo me interesaban las fronteras porque eran los lugares donde sentía que podría llegar a desaparecer del todo. Atravesar el desierto, aprender a bailar medio desnuda en sitios prohibidos, esquivar la muerte como quien esquiva una bala a cámara lenta. 

Era la adrenalina de nuestros primeros años lo que echaba de menos. Te convertiste en una casa tranquila que me miraba con aspecto de suplicarme que no volviera a coger carrerilla. Ordenabas mis cajones y me abrochabas el último botón de la camisa. El que me ahogaba. El que nunca hay que abrochar. 

Habían pasado ocho años desde el día en que te expliqué los motivos por los que yo era tu mejor opción. Quizás decir que sí fue lo más valiente que harías nunca. Y dejar que me fuera lo más cobarde. No hubieras sobrevivido conmigo en El Cairo. Ni en ninguna de las otras ciudades donde aterrizaba en busca de la adrenalina que necesitaba para seguir avanzando. Salía volando como las flores de verano que me ponías en el pelo cuando todavía nos escondíamos para vernos. Salía volando siempre, convencida de que ya no necesitaba que estuvieras abajo esperando. 

Era la adrenalina lo que echaba de menos cuando me fui. Sentarme a tu lado a imaginar aventuras. Todos los "te imaginas..."  Todos los imposibles. Todos los muros que derribé a cabezazos para que al final acabarás así, como el hombre tranquilo que me abrochaba el último botón de la camisa mientras yo te miraba estupefacta sin reconocerte. 

Echar de menos la casa que fuiste. Prenderte fuego las veces que sean necesarias. 


domingo, 31 de marzo de 2019

SIN ARREPENTIRNOS


Tardaste ocho años en preguntarme si me arrepentía de algo.

Esperaste a que acabara el último examen de la carrera, a que llenara cinco páginas con mi letra pequeña y redonda hablándole de Mahmud Darwish a mi profesor de literatura, a que saliera a la calle pensando en Jerusalén sin ti, a que el viento me levantara la falda, a que fuera capaz de decir en voz alta lo que llevaba meses pensando. Que me iba. Que te vinieras. Que por qué no te venías. Qué por qué no me quedaba.

Que si me arrepentía de algo.

Claro que me arrepentía. De no haberte acorralado más veces cuando ibas a clase con tu bolsa marrón llena de papeles desordenados, de no haber entendido a tiempo que todas tus distancias solo eran pánico a las alturas. Tu indiferencia, tu cara seria, tu flequillo loco, tus ganas de salir corriendo en dirección contraria, los días en que no era capaz de diferenciar si estabas preocupado por tus cosas o enfadado conmigo. Me arrepentía de no haber entendido por qué me pedías que me quedara quieta. Siempre me moví mucho más rápido de lo que tu prudencia podía asumir. Mis quince años frenéticos. Era divertido ver como se te iba cayendo la armadura.

Los primeros cinco meses en el instituto, los siguientes tres años sin ti en clase pero contigo siempre, los últimos cinco años universitarios. Las tres partes de nuestro gran libro de aventuras.

Cinco meses sin respirar, sin dormir, sin pensar, sin sentido ¿Cómo podría arrepentirme de nada que no fuera no haber pasado más tiempo contigo? ¿Cómo podría arrepentirme de los siguientes tres años buscando escondites y subiendo a trenes para ir a verte? Cruzar fronteras, romper las reglas como nunca jamás lo he vuelto a hacer.

¿Cómo se me iban a olvidar cada uno de los días que dibujaron la historia que me ha traído hasta aquí?

Cada uno de los trenes a los que subí, los desiertos que atravesé, los mares donde pensé que me ahogaría, las bombas que conseguí esquivar, las manos que solté porque el peso no me dejaba caminar. ¿Hubiera sido tan valiente o tan insensata si no hubiera aprendido a sobrevivir a tu lado?

¿Me preguntarías ahora si me arrepentiré de todo lo que todavía está por llegar?


miércoles, 20 de marzo de 2019

SOBREVIVIR AL INVIERNO


Nunca me dijiste lo que tenía que hacer. Aunque te lo pidiera. Aunque necesitara que ordenases las piezas del rompecabezas. Era la parte del pacto que no escribimos nunca y que acepté por intuición, como todo lo demás, con los ojos cerrados y las manos extendidas para parar los golpes contra las paredes que aparecían de repente en medio de mi laberinto. Si quieres jugar a ser mayor, espabila, parecías decirme cuando perdía la brújula.

En realidad pensaba que no necesitaba brújula porque cerraba los ojos, porque confiaba a ciegas, porque siempre estabas al final de todos los pasillos que me daba miedo atravesar. Incluso cuando no estabas. Porque a veces no estabas. Y me intentabas convencer de que no importaba, que estaban las palabras y los recuerdos, que volvías enseguida porque el tiempo era mentira. Que siempre ibas a estar detrás de todas las oscuridades para recogerme. Y yo odiaba tus estúpidos discursos poéticos porque quería que estuvieras de verdad, que no fueras metáfora, o cualquier otra maldita figura retórica. Como si todas las metáforas del mundo pudieran compararse a cogerte de la mano. Como si todos los recuerdos de mundo pudieran compararse a tenerte cerca.

Nunca me dijiste lo que tenia que hacer. Ahora creo que no tenías ni idea. Improvisábamos. Yo soñaba con auroras boreales y tú coleccionabas silencios y palabras a medio decir. Yo salía a buscar la primera amapola de la primavera y te explicaba con detalle dónde la había visto, lo bonita que era, lo feliz que me sentía cuando veía las amapolas. Ahora te hubiera enviado todas las fotos de la primera amapola. Ver la primera amapola de la primavera era la señal de que habíamos sobrevivido al invierno. Te pedía que vinieras conmigo a explorar pero tú preferías quedarte en casa y que te lo explicara más tarde.

¿Cuándo dejaste de estar al otro lado de los miedos, esperando para recogerme? ¿Cuándo dejé de buscar amapolas?

Te regalé una brújula porque pensaba que la necesitabas más que yo. Me gustaba cuidar de ti y estar, algunas veces, al final de tu propio miedo. El que no querías enseñarme. El que yo sabía que tenías. Matar todos tus monstruos. Que no me esperases y estar allá, con el machete de exploradora, dispuesta a cortar todas las cabezas que me impidieran protegerte. 

Cogerte de la mano por sorpresa, hablarte de las amapolas, decirte que todo iba a salir bien aunque no tuviera ni idea de nada. Romperte los esquemas, ordenar las piezas, sobrevivir al invierno.




jueves, 7 de marzo de 2019

ABISMOS


Pienso en los abismos.

En Milton y su paraiso perdido cuando Satanás gritaba “levantaos o permaneced caídos para siempre”, en ejércitos de ángeles intentando ordenar el caos y la noche mientras Dios exclamaba que el abismo era Él mismo, en el vértigo reconocible de saberse cerca de los límites, los bordes de la realidad plegándose sobre si misma hasta convertirse en la pelota con la que juegan los perros de todos los dioses que alguna vez decidieron existir.

Quizás en algún momento estuve a punto de saltar como tantas veces, de arrastrarte conmigo como hacía siempre y me hiciste notar que había un puente cerca. Cruzar al otro lado por el camino fácil, seguro, sin riesgos. Mi puente era de cuerdas y tablones, de los que se rompen antes de llegar al otro lado, de los que te obligan a aguantar la respiración y descubrir con sorpresa que al final has sobrevivido. Tú me hacías mirar un poco más allá. A tus puentes de piedra, coronados por ángeles perfectos, la mirada serena hacia el horizonte, petrificados en un sueño eterno de vigilantes de abismos. Y me cogías de la mano y me llevabas hasta el puente porque no querías vértigos ni saltos al vacío.

No era verdad que mis saltos fueran al vacío. Tenía la certeza de saber exactamente hacia dónde iba, con mi brújula y mis mapas, bordeando las fronteras marcadas, despistando a los guardianes de la falsa moral, escondiéndome en los márgenes o fingiendo un disfraz de niña perfecta que esperaba el momento de incendiar el teatro donde todos fingían, donde todo el mundo traicionaba sus deseos, cambiaba sueños por pesadillas, vértigos por puentes de piedra. Odiaba sus caminos marcados, el camino de baldosas amarillas que Dorothy tenía que recorrer para llegar hasta el mago de Oz y descubrir finalmente que era un gran impostor. Era mucho más divertido utilizar los zapatos rojos de la bruja para recorrer otros caminos. Qué le den a Kansas, que le den a Dorothy, que le den al Mago mentiroso.

Sé que nunca dejaste de quererme pero sí dejaste de necesitar el vértigo de cuando nos escondíamos, de cuando planeábamos citas en sitios lejos de casa, de cuando todo te provocaba el espanto de quien jamás ha caminado fuera del camino marcado. Porque decías que ya no hacía falta, porque pensabas que todo lo hacía porque no había otra manera, porque si de repente ya éramos mayores para qué seguir jugando. Intenté que recordaras por qué habías aceptado seguirme y tú solo me abrazabas como si así pudieras evitar que saliera volando. Ojalá no se te hubiera olvidado cómo volar. Ojalás nunca se te hubiera olvidado cómo brillabas cuando éramos clandestinos, fugitivos, exploradores de los límites marcados.

Quizás nunca vaya a perdonarte que no creyeras que mi vértigo era compatible con tu calma. Que se me pasaría, que al final entendería que era mejor cruzar por el puente de piedra y dejar de saltar. Quizás nunca vaya a perdonarte que intentases domesticarme. Quizás ha llegado el momento de vomitar todos los abismos que nunca llegué a cruzar.


jueves, 28 de febrero de 2019

EL DÍA QUE TE SAQUÉ A BAILAR


Será que el tiempo nos vuelve prudentes y temerosos. El tiempo que nunca pensamos que nos ganaría. El tiempo que nos aplasta y consigue que traicionemos todas las promesas sobre la valentía que hicimos cuando pensábamos que lo sabíamos todo.

Será que a veces me acuerdo de aquella vez que decidí organizar un baile en el instituto porque me parecía que Regreso al futuro era la mejor película del universo y desde entonces vivo obsesionada por los viajes en el tiempo y los bailes en gimnasios de instituto. De vez en cuando me atravesaba un rayo de inspiración cósmica y se me ocurría una idea maravillosa que alteraría el orden natural de nuestros días de instituto. Me dirigía decidida al despacho del director que cuando me veía entrar con los ojos brillantes disimulaba media sonrisa, resoplaba y se ponía cómodo en su silla. “Antonio, tengo una idea genial”.

Además del director del instituto era mi profesor de geografía. Solía saltarme sus clases para ir a buscarte. Recuerdo sus mapas y todos los ríos de África porque soñaba con que algún día tu y yo esquivaríamos juntos cocodrilos y pirañas mientras remábamos rumbo a cualquier sitio en una barca destartalada. Soñaba con cualquier cosa arriesgada que pudiéramos hacer juntos mientras tú me pedías la vida tranquila que era imposible que tuviéramos.

Antonio, tengo una idea genial” le decía al director. Era el mejor director del mundo. Cuidaba de mí sin que yo lo supiera, me reñía con la delicadeza de quien era consciente de todos los mundos que colisionaban dentro de mi mente inquieta. No sé si algún día llegó a sospechar dónde me escondía y con quién cuando no iba a sus clases pero cuidaba de todos nosotros y escuchaba mis planes de organizar bailes en el gimnasio como en Regreso al futuro.

Ponía cara de director y me explicaba todos los inconvenientes y dificultades de llevar a cabo mi idea. Pero mi gran especialidad siempre fue adelantarme a todos los movimientos de mi adversario y desplegar ante él todas las soluciones a cualquier problema que me planteara. Antes de aparecer en el despacho ya había organizado los grupos de alumnos que se encargarían de todo y había convencido a los profesores que sabía que me dirían que sí. Tenía preparados los horarios, el grupo de música que tocaría canciones de hoy y de siempre, el DJ, la decoración, la bebida y la comida y el objetivo oficial del baile: conseguir dinero para nuestro viaje de final de curso.

El objetivo extraoficial siempre fue ponerme un vestido azul, que te pusieras mi camisa favorita y sacarte a bailar lo más agarrado posible. Ningún foco nos iluminó pero a mí me parecía que sí, que todo se paró a nuestro alrededor cuando te pedí que bailaras conmigo Stand by me de Ben E. King y me dijiste que sí aunque llevabas toda la tarde pidiéndome por favor que no te sacara a bailar. Bailábamos en casa, bailábamos a todas horas, descalzos, encima de la cama, subidos a la mesa de la cocina, bailábamos como pájaros eléctricos, como si huyéramos de las tormentas que nos perseguían, bailábamos lento aunque la música fuera rápida solo por llevar la contraria. Pero me pediste que no te sacara a bailar delante de todo el instituto porque todos tus miedos eran más fuertes que las ganas que tenías de huir conmigo por la ventana.

Y no te hice caso. Y me dijiste que sí no sé por qué. Y sonó Stand by me de Ben E. King porque era lo que quería decirte aquel día. Que no importaba si de repente todo se volvía oscuro si te quedabas conmigo. Que no importaban tus preocupaciones si me quedaba contigo.

Ningún foco nos iluminaba pero de repente todo el mundo dejó de bailar, se hizo el silencio y nos quedamos allí oh, darling, darling, stand by me… con mi vestido azul y tu camisa blanca, en medio de gimnasio, bailando como si lo hubieramos ensayado mil veces, como si nadie nos estuviera mirando, como si por fin te diera igual todo aunque solo fuera durante tres minutos de canción. Si la gente no hubiera estallado en gritos y aplausos cuando acabó quizás hubiéramos continuado toda la noche stand by me, ajenos a los cientos de ojos que nos observaban alucinados. Ganamos todos los premios, te moriste de vergüenza, empecé a obsesionarme con los viajes en el tiempo.

Con el dinero que ganamos organizando aquel baile nos fuimos de viaje de final de curso a París. En aquel viaje intenté colarme en tu habitación por la ventana de un tercer piso y casi me mato aunque eso pertenece a otra historia y merece ser explicado en otro momento.

¿Para qué llamar a la puerta y que me dejaras entrar si al final siempre eras mi vértigo y mi desafío?